domingo, 23 de marzo de 2014

El preaviso y otros relatos, o un paseíto nostálgico por la infancia

Por Luis Martin Gómez


“El niño es el padre del hombre”, dice Julio Cortázar en su texto De una infancia medrosa, en el que explora la influencia de sus vivencias infantiles en su literatura, caracterizada, como se sabe, por la irrupción inesperada de lo fantástico en lo cotidiano. Creo que un niño similar a ese asustado y maravillado de Banfield, Buenos Aires, que luego parió al padre de Bestiario y Rayuela, sería el responsable en buena medida de El preaviso y otros relatos, de Eddy Serrata.

Esta colección es, según lo que pude ver, un paseo muy bien contado por las experiencias de un niño, que puede ser cualquiera de nosotros, en un barrio parecido a aquel en que vivimos.
Yo, por lo menos, me vi en el ensanche Ozama donde nací y crecí. La semejanza de lugares, personajes y aventuras es tal entre lo que relata Serrata y mi infancia, que por momentos pensé que Eddy estaba en mi pandilla o yo en la suya, o que él me espiaba con artilugios especiales capaces de registrar no sólo la acción física sino también las emociones.

Porque yo también fui el jugador de fama peregrina que tuvo la chepa de darle a la pelota  con los ojos cerrados en un play improvisado en un patio de la calle 11; yo también tuve mis sueños eróticos con una mujer mayor que yo como Enérsida, fui acosado por mis hermanos por mis torpes escarceos sexuales, o padecí la congoja del adolescente abandonado por la novia imaginaria, esa que nunca supo que la amabas apasionadamente en la soledad de la habitación o del baño; yo también me volví loco con la americanita que usaba tenis Converse y hablaba español machacado que trastornó las vacaciones de verano de los muchachos del barrio.

Pienso que con este libro de relatos, Eddy Serrata rescata la experiencia vital que daba sentido pleno al universo barrial y que ha sido sustituida, en la casi generalidad de los casos, por esa segunda vida virtual que impulsan los medios electrónicos de comunicación y particularmente las redes sociales. Estamos viviendo el fenómeno, somos testigos o protagonistas: antes, la solidaridad se manifestaba concretamente con la ayuda directa al prójimo que estaba en la casa de al lado, en la calle, en el club, en la iglesia; hoy, la ayuda se proporciona pulsando el botón “me gusta” o escribiendo un mensaje que la propiedad viral de los nuevos medios convertirá potencialmente en un acto colectivo. Lo táctil que nos acercaba con el abrazo o el apretón de manos va siendo sustituido por el texto, la foto o el video despachado desde la individualidad, a veces egoísta e indolente, de la tableta o del teléfono inteligente.

No sé si lo que está aconteciendo es bueno o malo, si conviene o no, pero el hecho es que la vida de relaciones está dejando de ser como la recuerda Serrata en sus entrañables relatos, y ese regreso al territorio de una infancia alimentada por otros valores y signada por lo presencial, es para mí la principal riqueza de estos textos que destacan, además, por la economía de recursos, a la manera de Hemingway, y por la sobriedad, a la manera de Borges. Con las palabras precisas, evitando innecesarias piruetas lingüísticas, el autor nos permite echar una mirada retrospectiva a ese Santo Domingo pre-urbano  en el que la ruralidad aún se imponía con sus creencias, mitos y miedos; con su fraternidad, su ingenuidad y su sentido del honor.

No sé si les pasará a ustedes, pero a mí, cincuentón que de niño se bañó en aguaceros, echó carreras de palitos de helado en el agua que corría en los contenes, voló chichiguas y “navajeó” las ajenas para que se fueran en banda, majó almendras e hizo dulces con las semillas que los amigos no llegaron a comerse a hurtadillas; a mí, confieso, me llegan al alma historias tragicómicas como El beso de la sirvienta, o de denuncia social como La muerte de Caíto, o dolorosas como El preaviso. Es un mundo perdido que Serrata me ha permitido recuperar por un momento, pero sólo por un momento, porque sé, como el narrador de Desandando que vuelve al terruño para sepultar a su madre, que “mi barrio ha muerto” y que allí soy un extraño que simplemente se ha marchado.

Una ventaja adicional de este libro es que se lee “de una sentada” (de “una cagada” diría el Che que se leyó El principito durante una deposición en su pensión en México), o en hora y media, o en 125 kilómetros, que es la distancia entre Santo Domingo y La Vega durante la cual leí El preaviso y otros relatos. Viajaba, junto con varios compañeros de trabajo, a cumplir una misión oficial en Santiago. El minibús en que íbamos se convirtió en una máquina del tiempo. Mientras mis amigos jugaban Candy Crush en sus tabletas y navegaban por internet en sus teléfonos móviles buscando paisajes que palidecen ante la belleza de los bosques y ríos de Bonao que penetraban vertiginosos por las ventanillas del vehículo, yo regresaba al pasado a través de los relatos de Serrata, comprobando, como dice Cortázar (con quien comencé y con quien termino) que “un buen recuerdo vale más que la realidad”.


2 comentarios:

Leticia Mendoza dijo...

Si Martin. Le pasa a tu generación de "cincuentones",a todas las que le precedieron y algunas de las que le siguen. Esas vivencias barriales fueron cíclicas hasta que llego la "revolución virtual". Ahora solo nos quedan los recuerdos y las historias cuando nos reunimos con alguno de aquellos vecinos.

Hermes de paula dijo...

Aunque no soy cincuentón, seré cuarentón en Abril, puedo decir que he sido cómplice de las aventuras que me recuerda este artículo. Añadiéndole la idea que mi madre metió en mi cabeza de que si no me moría en la cascada. La Leonora me llevaría al Guanuma y El Ozama me conduciría derechito al mar. Era la mejor herramienta que utilizaba para decirme que no navegue en el río mientras llovía o estaba nublado... En fin, el artículo me ha movido a buscar el libro, del cual sospecho también creo ser protagonista.