Toda iba
bien, o al menos eso creíamos. El mundo era mágico, misterioso; los galeones se
caían por el horizonte, monstruos invencibles habitaban el océano, un eclipse
podía disiparse con el grito de la tribu temerosa que lo observaba, el Sol y
todo lo demás giraba en torno a una Tierra violenta, caprichosa, apenas
habitada por un puñado de humanos que aprendieron a enterrar sus muertos y que
sacrificaban a sus congéneres para complacer a dioses furibundos.
Era,
entonces, la incertidumbre, grande, profunda, que complicaba la cotidianidad y
producía un escozor intenso en ese ser atormentado que miraba absorto la noche.
Los ritos ayudaron a suavizar el miedo, los mitos contribuyeron a represar la
imaginación. No había aún criterio para calificar lo insólito; el mundo había
surgido en una cueva y eso era suficiente, nadie ponía en duda que el hombre
fue primero un muñeco de barro.
Luego, las
religiones cambiaron un miedo por otro. Huimos de la sensación de la nada sólo
para caer en el temor al castigo. Dioses protectores pero vengativos contuvieron
el desenfreno pero apocaron la inventiva y el atrevimiento. La transacción
arrojó siglos de tranquilidad pero también atrasos profundos como abismos. (Sumergirse en
lo insondable no tiene mérito si es fruto de la ignorancia deliberada).
Pasaron
siglos y siglos de deidades repetidas, plagiarias de nombres y poderes; de diluvios
reiterados, de huidas libertarias, de cristos parecidos al que adoramos,
nacidos de virgen y resucitados; fue largo, muy largo el tiempo necesario para
domesticar el pensamiento, para condicionar los sentimientos, desde la mujer y
el toro hasta el primer báculo vaticano; y fue brutal, terriblemente violento,
el modo en que fue sofocada la primera rebelión de las ideas, el desencuentro
entre el mito cuestionado y la razón que reclamaba espacio.
Y pasó el
tiempo, lento, porque contrario a nosotros, el tiempo no tiene prisa. El
esquema del mito se mantuvo inalterable hasta que en el siglo XVII Thomas
Willis ubicó al alma en un sitio insospechado: el cerebro[1].
Todo es neuronas y reacción química, dijo Willis, y empezó la duda, o mejor
dicho, sacó nuevamente la cabeza tantas veces golpeada por
el canon. De hecho, lo estaba intentando desde hacía varios siglos. El nuevo hogar
asignado por Willis a un ente hasta ese momento intemporal y omnipresente estuvo
precedido por los viajes de descubrimiento y conquista que permitieron encontrar
los límites de un mundo que se asumía infinito y brumoso; por los descubrimientos estelares de
Copérnico y Galileo que abrieron una ventana al espacio tenido como morada de
ángeles; y por las propuestas de Descartes que estremecieron la escolástica y agrietaron
las compuertas de lo sobrenatural.
Había nacido
una nueva realidad, basada más en la razón que en la intuición, más en el
método que en el azar, circunstancia que sin embargo no logró sepultar el
misterio, que es, fue y será invencible. La paradoja se aprecia mejor en el
arte: a mayor avance científico, mayor la reacción contestataria de la
literatura (que caminó de la construcción lineal al monólogo interior y los
planos paralelos), de las artes plásticas (que variaron de lo figurativo a la
representación segmentada del romanticismo y después a la deconstrucción
cubista), y de la música (que migró de la perfección matemática tan apropiada
para ese portento arquitectónico que fueron las catedrales al caos armónico contemporáneo
que a veces parece imitar el ruido que necesitamos para aturdirnos por tanta
vaciedad).
Una anécdota
confirma esta tozudez de lo maravilloso: en su paso frente al continente,
durante uno de sus regresos a España, el Almirante, que acababa de inaugurar una nueva
era en base al cálculo, la geografía, la astronomía y la historia, creyó que el
Orinoco era uno de los ríos del Paraíso, ese lugar idílico que, según Santo
Tomás, los topógrafos medievales no podían encontrar porque estaba convenientemente escondido
entre montañas[2].
La poesía
mística parece sobrevivir a esos avatares. Siendo el misterio, como hemos
dicho, indestructible, permanecerá el cuestionamiento sobre el origen, el
diálogo con lo inmutable, el testimonio del asombro. Puede ser salvaje, fruto
de la intuición y la ignorancia, o
iluminado, apoyado en la hondura espiritual; puede ser consecuencia del éxtasis
o fruto de un estado esquizofrénico; la esencia, no obstante, parece invariable, como si la
pregunta fuera incontestable, o la respuesta nunca lograra satisfacer al
demandante; como si el testimonio siempre estuviera por debajo de la capacidad
para expresarlo, o faltaran las palabras adecuadas para describirlo.
Tulio Cordero
está consciente de esas limitaciones. ¿Cómo describir el Absoluto si apenas
contamos con unas partes? Es difícil llegar a destino si al mapa le faltan
pedazos. Pudiera ser por azar, cierto, pero entonces la casualidad generará
nuevas preguntas. La incertidumbre parece ser la sustancia nutricia de la mística. Con
esa materia prima, Cordero levanta su edificio poético, que Bruno Rosario
Candelier [3] considera
fundamentalmente theopático, lo que se asume de primera intención por la
condición de sacerdote del autor, y se confirma con la lectura de muchos de sus
poemas, en los que el Creador no se menciona pero se insinúa con mayúscula o con
referentes bíblicos.
Sin embargo, Cordero,
que es filósofo y admirador evidente del pensamiento oriental, se permite otras
miradas en las que se manifiesta una fuga del universo cristiano hacia formas
diferentes de sentir e interpelar al Ser. Esta admiración también es palpable
en la parte formal, caracterizada por el símil sencillo, la paradoja
que contrapone conceptos que luego confluyen en una resolución moralizante o
puramente estética, la metáfora apenas
trabajada, intencionalmente, como para que se note el trazo en el lienzo o el
golpe en la madera, mostrando la belleza del proceso de trabajo, a la manera
budista o hinduista.
Aparte estas
fronteras ideológicas y formales, necesarias para poder ubicarla en un
género, la poesía de Tulio Cordero rompe los moldes y se derrama a cualquier
lado gracias principalmente a su gran calidad, el mejor criterio para
evaluar una obra literaria. El extrañamiento, naturalmente, lo ayuda, pero esa facultad de despegarse de la realidad, esa fuga momentánea para explorar las cosas con sentidos inéditos, no debe ser la principal tabla de medida para evaluar esta poesía, porque no es un don privilegiado de los poetas místicos. (Recordemos el
caso del esquimal caribú referido por Joseph Campbell en su obra Los mitos, que luego de un tiempo en
soledad y ayuno, sintió a Sila, un espíritu bueno con forma de mujer, que le
aconsejó “no tener miedo al universo”).
Para
hacer poesía mística de calidad es obvio que hay que ser, ante todo, buen poeta, requisito
que Cordero ha sobre cumplido en sus cinco poemarios, con una altura literaria que puede ser disfrutada por
cualquier lector, tanto por el que organiza su vida alrededor de la Fe, como
por aquel que sólo busca complacerse con el hecho estético a través de la palabra.
De todas
formas, Tulio Cordero, como todos los poetas místicos, es una rareza. Lo habría
sido en el siglo XVI cuando Magallanes achicó el ámbito del misterio, y lo es ahora
en el siglo XXI, cuando la ciencia y la tecnología nos acercan al primer polvo
estelar. Porque, ¿no es entrañablemente el mismo hombre aquel
que a la vera de la caverna observaba sin entender el cielo constelado y éste
que trata de llegar al confín del universo mirando por el visor del telescopio de
Atacama, curiosamente bautizado ALMA?).
Este es el
tiempo de las repeticiones, de la copia. Todo es vertiginoso, inconstante.
Aquella vez, el espíritu no podía viajar libremente o tenía un trayecto
predeterminado. Ahora, sencillamente, no tiene camino; no viaja, se transmuta;
no avanza, se dispersa. En esta cosa
informe que luego entenderemos, Tulio se aparta en un recodo para ver las cosas
con otros ojos, para escucharlas con otros oídos, para sentirlas con otra piel,
saborearlas con otra lengua. No pesca por no usar anzuelo, un artilugio que le
resta emoción a la espera. Tampoco dispara con un arma, la mira ajustable echa a
perder el azar del disparo. Prefiere una honda, cuyo efecto es impreciso: puede
golpear al gigante en la frente o simplemente rozarle y caer, como cae la piedra de una
pedrada fallida, deleite del intento y la derrota.
Hondero
sideral, Tulio Cordero hondea hacia un sitio que no podemos definir; pudiera ser al inmutable
o bien al pedazo de cielo con las primeras ondas del Big Bang, es decir, a un halo sobrenatural o a un puñado de protones. Pero también es
posible que nos hable de aquello que sintió ese hombre desnudo y tembloroso
que buscaba explicación a la aurora y al crepúsculo; de aquel
miedo, aquella maravilla, aquel asombro, aquella
incertidumbre que no cesa, que no cesará.
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