sábado, 9 de julio de 2011

Charamicos, de Angela Hernández: El apasionado fuego de la escritura

Por Luis Martin Gómez


Angela Hernández descorre las cortinas de su habitación y los árboles que se cuelan por la ventana acentúan el verde de sus ojos. Son las siete de la mañana y está en Ledig’s House, en el Valle del Rio Hudson, a algo más de dos horas de Nueva York, como beneficiaria de una beca que la ha regalado dos meses de tiempo libre para concluir su nueva novela, Charamicos. El canto de las aves que se posan en las gigantescas esculturas que han echado raíces en los 40 acres que bordean la hermosa casa colonial donde residen temporalmente otros nueve artistas, no la distraen; está acostumbrada a tanta belleza porque nació y creció en Jarabacoa, otra sucursal del paraíso. Así que cede al llamado de sus personajes y se sienta otra vez a la computadora para vivir con ellos una historia ambientada durante los doce años del presidente Joaquín Balaguer.

“La novela retrata ese aire de represión militar y al mismo tiempo de utopía revolucionaria que caracterizaron los doce años”, explica Angela y de inmediato aclara: “No es una novela histórica; es la historia de un momento vista a través de la mirada normal, cotidiana, de dos muchachas, una del Cibao y otra del Sur de la isla”. Sin embargo, personajes notables como el comandante revolucionario y líder guerrillero Francisco Alberto Caamaño y el dirigente político y guerrillero urbano Amaury Germán Aristy reclaman parte del argumento a tiro limpio. El nombre de la novela, Charamicos, es una alegoría de lo que para Angela Hernández distingue a la generación de los sesenta y setenta: “Charamicos es una rama que se enciende y apaga rápidamente, como creo que sucedió con esos hombres y esas mujeres que lucharon y murieron, y en algunos casos claudicaron, por su idea de una sociedad más justa”.

Diez años y trescientos cincuenta páginas

Aunque la terminó de escribir durante su estadía de ocho semanas en Ledig’s House, Angela Hernández planeó Charamicos durante diez años. “Tenía la idea pero no la madurez para acometer el proyecto”, confiesa. Relata que mientras trabajaba en otra idea de novela, encontró un cuaderno de notas de los años setenta, cuando estudiaba en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que le proporcionó la pauta para Charamicos. El resto fue trabajar frenéticamente, casi obsesivamente, para armar una estructura que le tomó seis meses y que corrigió y pulió durante su bimestre sabático en Nueva York. El resultado final son trescientos cincuenta páginas que Angela ha rematado con el entusiasmo de quien escala de un solo tirón el Pico de la Cotorra, camino al Pico Duarte. “La novela te permite una mayor expansión del universo creativo que el cuento y la poesía, te ofrece mayores niveles de complejidad, un más amplio repertorio de matices; es, definitivamente, un género más complejo”.

Y también requiere mucha más dedicación. A juicio de Angela Hernández, el país carece de tradición novelística porque los escritores dominicanos no tienen tiempo para escribir, por las múltiples actividades que deben realizar para sobrevivir, o porque suelen agotar sus energías buscando desesperadamente reconocimiento intelectual con espectacularidad farandulera. “Tampoco el ambiente que vive el país te ayuda; nadie con un mínimo de sensibilidad puede abstraerse de la intolerancia y la corrupción que afectan a nuestra sociedad y resulta casi inmoral dedicarse a escribir mientras un grupo dispendia el erario descaradamente”.

Superando esos obstáculos comunes a casi todos los escritores dominicanos, Angela Hernández nos entrega su segunda novela. La primera, Mudanza de los sentidos, ganadora del Premio Cole de novela, abrió para ella nuevos caminos que los ya recorridos con la poesía y el cuento, géneros en los que ha ganado importantes premios en el país y el extranjero. “Charamicos es diferente a Mudanza de los sentidos sobre todo en la estructura; mientras en Mudanza la historia es contada por un solo personaje, una niña, en Charamicos hay numerosos personajes, ambientes y planos que se entrecruzan, se pierden y encuentran, formando una arquitectura hecha con palabras”.

Del Valle del Hudson a Buena Vista Jarabacoa

Angela escribe la palabra “fin”, se levanta del escritorio y se asoma nuevamente a la ventana. En el jardín, sentados a una ingeniosa mesa octagonal, nueve escritores de distintas nacionalidades intercambian información sobre sus países y hablan de lo que han hecho durante las ocho semanas de vacaciones creativas que han disfrutado gracias a la beca de Ledig’s House, institución no lucrativa que acoge durante el año a literatos, músicos y escultores. Más allá, un riachuelo dibuja una sonrisa en el paisaje antes de esconderse bajo una tupida fronda. Angela se descalza y mete bajo el agua. Cuando emerge, otros son los olores y otros los ruidos. Huele a flores y a fresa. Huele a pino y rocío. Camina y escucha quejas sobre la reforma agraria, escucha una discusión sobre beisbol, escucha una bachata. Llega, luminosa y húmeda, a Casa Hernández, el negocio familiar donde su hermano Lucas corta víveres para un sancocho. Enciende el fogón con charamicos. Viéndolos arder, Angela comprueba satisfecha la validez de su flamígera metáfora. Arder y extinguirse, como la inspiración, como la pasión de escribir.

El autor es periodista y escritor

5 comentarios:

Vicsabelle dijo...

Curiosamente he empezado a leer este tiempo hace ya mucho tiempo. Me gustaria poder terminarlo, pero como dices, son 350 paginas que hay que devorar de rato en raro debido al escaso tiempo que tenemos quienes nos gusta la lectura y para colmo intentamos escribir.

Fue un placer leer este aticulo.

un gran saludo

Keseyoke dijo...

Angela es una embajadora de Quisqueya y de Jarabacoa....buscare ese libro

Saludos Martín

Jose Manuel Luna Valiente dijo...

Luis, Hermano que hermoso y valioso Blog Tienes, adelante, un gran apoyo a la cultura.
Felicidades de corazon.
Jose Manuel Luna Valiente

Luis Martín Gómez dijo...

Gracias, Jose Manuel. Un gran abrazo, Luis Martin

Rosina Anglada dijo...

Charamicos, deleite de escritura, pulida, certera en sus imágenes, nos sumerge en tiempos y espacios recorridos, re-encuentro con nuestra historia, extraordinaria Angela Hernández, nos seduce la lectura, y hay que llegar al final para seguir deleitándonos.