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martes, 4 de octubre de 2016

“Somos tierra de narradores, si fuera de poetas nos salvaríamos”

El escritor y periodista acaba de publicar su primera novela “Rumor de río”, la cual se encuentra a la venta en Amazon y en el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana.

Por Alfonso Quiñones

SANTO DOMINGO. Luis Martín Gómez (Santo Domingo, 1962) es un abuelo joven y atildado, amistoso y sonriente. Detrás de su buró, no se puede pensar que sea el escritor que es.
Ganó dos veces el Premio Nacional de Cuento (1999 y 2009); el Premio Nacional de Literatura Infantil (2003); en el 2002 obtuvo el Premio Virgilio Díaz Grullón de cuento; 1er Lugar en el Concurso de Cuento Radio Santa María, 1995. Ha publicado: Rumor del río 2016; Mami: Operación elefante, 2014; Mar adentro: entrevistas en Yola yelou, 2013; El hombre grama y otros cuentos verdes y pintones, 2010; Memoria de la sangre, 2008; Mamá, a aquella caracola le está naciendo un mar, 2004; La destrucción de la muralla china, 2003; Juke-box di sogni (Vellonera de sueños), 2002; Dialecto, 1999.


—¿Cómo surgió la idea de la novela? ¿Está basada en hechos reales?
La idea central es ficción pero casi todos los episodios que la soportan sucedieron más o menos así, con variantes deformadas por el recuerdo difuminado o la imaginación. La novela se me ocurrió mientras escribía Memoria de la sangre, colección de cuentos ambientados también en los 12 años de Balaguer.

—¿El cuento fue un cuento para luego saltar de género?
No, sigo sintiéndome cuentista, por lo menos, trabajo ese género con más comodidad. Pero quiero ver cómo me va con otros géneros. Esta novela es un primer atrevimiento. (Creo que tú manifestaste el deseo de que yo experimentara con un texto de largo aliento; te he complacido).

—¿Se presentó en la feria?
No, no se hizo acto de puesta en circulación. He anunciado la publicación con una nota y mis hijos se están encargando de la promoción por las redes sociales. El libro está disponible en Amazon y en el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, a beneficio de esa institución.

—¿Seguirá de novelista?
Me ha gustado la experiencia y creo que intentaré otra más adelante; ahora empecé a escribir una obra de teatro (oye que riesgo estoy tomando); espero salir a camino.

—¿Qué novelistas le han aportado más?
García Márquez y Cortázar. Del primero he aprendido a encontrar temas insólitos, singulares, en los intersticios de la cotidianidad; el segundo me ha enseñado a usar el humor en la literatura, a jugar con ella.
 
—¿Esta es tierra de poetas o de narradores?
De narradores; si fuera de poetas, nos salvaríamos. Pero denunciamos demasiado y soñamos poco.

Fuente: http://www.diariolibre.com/revista/cultura/somos-tierra-de-narradores-si-fuera-de-poetas-nos-salvariamos-AM5097626

viernes, 16 de septiembre de 2016

Rumor de río, primera novela de Luis Martín Gómez

El periodista y escritor Luis Martín Gómez publicó Rumor de río, su primera novela, ambientada en los Doce Años de Balaguer.

“En el Ensanche Ozama, barrio de Santo Domingo localizado a orillas del río Ozama, un grupo de niños inicia la búsqueda de unas armas enterradas durante la Revolución de Abril de 1965, incidiendo, sin proponérselo, en el desenlace fatal de una célula guerrillera que luchaba contra el gobierno de los Doce Años de Balaguer”, informa el autor, dos veces premio nacional de cuento y premio nacional de literatura infantil.
Añade que “el lector se entera fragmentariamente de esta historia a través de los recuerdos que, muchos años después, uno de los participantes en aquella búsqueda rescata para su padre, que ha perdido la memoria. En ese recorrido hacia el pasado, surgen recuerdos reales e imaginarios, algunos de los cuales el narrador-protagonista desea olvidar”.

Rumor de río fue editada por Mar de tinta, bajo el cuidado de Laura Patricia Gómez. Está a la venta en el Museo Memorial de la Resistencia Dominicaca y en Amazon.com. en el enlace:
https://www.amazon.com/Rumor-Spanish-Luis-Mart%C3%ADn-G%C3%B3mez-ebook/dp/B01M02UNLT/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1474049033&sr=1-1&keywords=rumor+de+r%C3%ADo

Sobre la obra, el escritor y crítico José Alcántara Almánzar dice que “hace acopio de un sinnúmero de referencias que permiten trazar el perfil sociocultural de un momento histórico definido por la frustración y la amargura de un cambio político abortado por la ocupación norteamericana y los Doce Años de Balaguer”.

De su lado, el escritor y catedrático de literatura hispánica Danilo Manera afirma que “la primera novela de Luis Martín Gómez es sobrecogedora. El autor nos tenía acostumbrados a una escritura en gotas –de lluvia, de vinagre o de miel. Ahora fluye como un río, draga las voces del barrio, con el recuerdo que se escapa hacia el olvido disfrazándose de ficción. Es una bomba de relojería cargada de sardinas. Son palabras apresadas en una redada de chichiguas”.

Luis Martin Gómez ha publicado los libros de cuento Dialecto, La destrucción de la muralla China, Vellonera de sueños y Memoria de la sangre; y los libros de literatura infantil Mamá, a aquella caracola le está naciendo un mar; El hombre grama y Mami: operación elefante.

Notas relacionadas:
http://www.elinformador.net/2016/09/16/rumor-de-rio-primera-novela-de-luis-martin-gomez/
http://www.diariolibre.com/revista/cultura/el-periodista-y-escritor-luis-martin-gomez-publica-su-primera-novela-JJ4957795
http://www.diariodominicano.com/cultura/2016/09/16/230733/rumor-de-rio-primera-novela-de-luis-martin-gomez
http://www.revistabanca.com.do/articulo/2978/Rumor-de-rio-primera-novela-de-Luis-Martin-Gomez
http://almomento.net/rumor-de-rio-primera-novela-de-luis-martin-gomez/244819
http://www.proceso.com.do/noticias/2016/09/16/luis-mart%C3%ADn-g%C3%B3mez-publica-su-primera-novela-%E2%80%9Crumor-de-r%C3%ADo%E2%80%9D/
http://eltitular.do/et/rumor-rio-primera-novela-luis-martin-gomez/
http://elnacional.com.do/libros-y-lecturas76/
http://www.lainformacion.com.do/noticias/sociales/70504/rumor-de-rio:-primera-novela-de-luis-martin-gomez
http://elnacional.com.do/luis-martin-gomez-publica-rumor-de-rio/
http://elnacional.com.do/cojanlo-2528/
http://www.elcaribe.com.do/2016/10/12/rumor-rio-luis-martin-gomez




sábado, 29 de noviembre de 2014

Noticias del vampiro

Por Luis Martin Gómez


Una
El vampiro  desespera ante el dilema de morirse de hambre o chuparse al sidoso, última víctima de su reinado sangriento.

Dos
La bioanalista está desconcertada, no sabe qué tipo de sangre ponerle al vampiro promiscuo, chupador de doncellas, estudiantes y poetas, quien quedó anémico tras la rebelión popular.

Tres
El vampiro repartió tierras, donó casas, construyó carreteras, levantó edificios, y nadie entiende por qué tanta bondad, si a cambio exigió la sangre de todos los beneficiarios.

Cuatro
Habiendo masacrado al pueblo, libado a su madre y chupado a sus hermanas, el vampiro, ante la escasez de alimento, está pensando seriamente beberse su propia sangre, para lo cual está leyendo sobre autotransfusión.

Cinco
El vampiro se estremece cada vez que lee en la prensa “Hubo un baño de sangre” y ha pedido a sus generales que sean más sutiles en el ejercicio de sus funciones.

Seis
Como a todo vampiro, le molestaba la luz del sol, de manera que ordenó que le sacaran los ojos. Ahora es un tierno vampiro ciego que a toda hora “chupa bien sin mirar a quien”.

Siete
El Cardenal conoce bien los gustos del vampiro y cuando le toca comulgar moja la hostia con sangre, en lugar de vino.

Ocho
Al vampiro le gusta la parte de la misa donde el cura dice: “tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre...” Excitado, en lugar del abrazo de la paz, reparte mordidas.

Nueve
La peor tragedia para el vampiro fue es ser daltónico y no poder distinguir el color rojo. La sangre de niño no le sabe igual, por aquello de que la comida entra por los ojos.

Diez
Al vampiro le gusta el helado rojo, las banderas rojas, los autos rojos, los vestidos rojos, los caramelos rojos, las pañoletas rojas, el refresco rojo, y por supuesto, la sangre (roja). Los médicos no se explican cómo es que tiene las entrañas negras.

Once
Celoso de su oficio, el vampiro ordenó eliminar a las sanguijuelas, los jejenes y los mosquitos. La comunidad internacional está preocupada ante la posibilidad de que el susodicho clausure la Cruz Roja.

Doce
Para que le concediera la legalidad, la oposición aceptó que el vampiro se chupara una sola víctima por día. A las nueve, hora de la cena del vampiro, la gente sube el volumen de la radio o reza en voz alta, para no escuchar los gritos del sacrificado.


Luis Martin Gómez: Memoria de la sangre. Mar de tinta, Santo Domingo, 2008.

viernes, 4 de enero de 2013

José Miguel Soto Jiménez: “Propongo que sigamos al Duarte revolucionario”


Historiador, político y militar. Autor de numerosos ensayos históricos. Premio Nacional Feria del Libro por su obra Los motivos del machete

Por Luis Martin Gómez

Pide excusas por la grosería y la dispara sin rodeos: “Duarte era un líder de muchachos que estaban dispuestos a sacrificarse por él, ¿tú crees que la juventud sigue a un pendejo? No, no es cierta esa imagen de pendejo ilustre que han querido darle”.

Esta defensa vehemente del Patricio la hace el historiador, político y militar José Miguel Soto Jiménez, convencido de que el estigma de cobarde que ha marcado a Duarte desde su primer exilio en 1843 es parte de una trama del sector conservador de nuestra sociedad para proyectarlo como un hombre débil y manipulable: “Lo que ese sector quiere es que seamos como el Duarte idealista, y no como el revolucionario que fue, para incubar en nosotros la resignación, la tolerancia, la conformidad, buscando que seamos mansos como ese Duarte para poder gobernarnos como lo hizo Santana.”

La duda sobre la valentía de Duarte la habría sembrado el líder de los afrancesados Tomás Bobadilla y Briones cuando, en la proclama redactada a la firma de Santana, criticó la ausencia del Patricio la noche del 27 de Febrero y regateó sus méritos militares en las batallas contra los haitianos. La campaña difamatoria habría sido continuada por el escritor y político Alejandro Angulo Guridi, quien reconocía la honradez de Duarte pero condenaba su escaso valor personal; y corroborada luego por el historiador Américo Lugo, quien señaló que al Patricio “se le aflojaron y rompieron las cuerdas de la virilidad” ante el peligro.

Soto Jiménez tiene un arsenal de argumentos para defender la gallardía del fundador de la República. “Solo hay que verlo involucrado en la revolución reformista de 1843; según su hermana Rosa Duarte, el Patricio salió de su casa con una espada, y cuando llegó a la Puerta del Conde, ya tenía un trabuco en la mano, y se lanzó a la revuelta decididamente”. A juicio de Soto Jiménez, Duarte nunca pensó que la lucha por la independencia sería pacífica; por eso se enroló en la guardia nacional haitiana, alcanzando altos grados militares; por eso su deporte favorito era la esgrima; por eso aceptó el puesto público de agrimensor, para tener la oportunidad de conocer las ciudades y los campos del país.

Otras acciones que demuestran inequívocamente el valor de Duarte son el haber encabezado un cuerpo del ejército para sumarse a las tropas de Pedro Santana en Azua; su solicitud a la Junta Central Gubernativa para incorporarse a la expedición del ejército a San Juan de la Maguana, atravesando Constanza; su protagonismo en la acción militar para expulsar a los afrancesados de la Junta Central Gubernativa; y su decisión de regresar al país, tras veinte años de exilio en Venezuela, para unirse al ejército restaurador que combatió la anexión a España.

Tanto en 1843 como en 1844, Duarte tuvo que salir del país porque contra él pesaban órdenes de destierro y muerte. “Si se lee la resolución que lo declara traidor a la patria, uno se da cuenta que ese Duarte no era el mojigato que nos han querido pintar, el espantajo histórico, sino que era, primero un obcecado con la idea de la independencia, y después, un revolucionario, palabrita que no se quiere pronunciar en el caso del Patricio”.

Alguien como nosotros

Además de su ardiente defensa de la reciedumbre de Duarte, José Miguel Soto Jiménez desea que el Patricio sea visto como un hombre de carne y hueso, cercano y con defectos, y no como la deidad inmaculada que algunos biógrafos, especialmente Joaquín Balaguer en su obra El Cristo de la libertad, han querido imponer en la mente de los dominicanos. Su estrategia se basa en que es más fácil imitar el ejemplo de alguien que se nos parece, que es como nosotros pero posee los atributos morales que ahora están de capa caída y que tenemos el deber de rescatar.

Para esto, empieza por desmitificar su físico, la faz de Duarte, tratando de establecer cómo era realmente. Los pintores Alejandro Bonilla, Rodríguez Urdaneta, Oscar Marin…, mezclaron testimonio e imaginación para crear un Duarte rubio, con ojos azules y bucles, que es el que la mayoría de los dominicanos reconoce. “Afortunadamente, hay una foto de Duarte (la de Próspero Rey, tomada en Caracas en 1873), que es una foto chismosa, porque aporta datos que desenmascaran a quienes intentan pintar a Duarte como un nórdico. Se sabe que uno de los pintores buscó como referencia a un príncipe europeo y de ahí salieron los bucles. Pero el peinado de la foto es el de un militar. Esa foto también nos dice que Duarte era hijo de español y de dominicana, blanco, con orejas grandes, pero nariz aguileña en la que asomaba el rasgo mulato”.

En su trabajo Duarte de carne y hueso, incluido en la colección de ensayos Duarte revisitado, editada por el Banco Central en 2012, Soto Jiménez nos acerca a un Duarte cotidiano que tocaba guitarra, que tuvo dos novias (con las que se comprometió pero no se casó), que escribía poemas, que aprendía con facilidad los idiomas, que era un cabeza dura que no transigía con sus ideas y principios, y que al final de su vida subsistió pobremente con la venta de velas, parecido a los millones de chiriperos dominicanos que subsisten día a día con alguna actividad económica informal.

“Duarte no puede ser una pieza inerte de museo o de veneración, sino una lección que debemos aprender desde su condición irremediablemente humana. En el bicentenario de su nacimiento, propongo que sigamos al Duarte revolucionario, ese que prefería que se hundiera la isla a que estuviera sometida a alguna potencia extranjera; el Duarte que escribe una carta a su familia para pedirle que venda sus bienes para ayudar a la causa de la independencia, pero no para favorecerse cuando triunfen, sino para seguir trabajando, amparados en el buen crédito de su padre; en fin, que imitemos al Duarte ejemplo, pero también al de carne y hueso”.

El autor es periodista y escritor


jueves, 5 de julio de 2012

Palabras de presentación del libro Testimonios y profanaciones


Por Luis Martin Gómez

Uno de los inconvenientes que tenemos los ciudadanos dominicanos con nuestros políticos es que casi siempre se quieren quedar con el poder, y cuando por fin se van, el retorno se convierte para ellos en una cuestión de vida o muerte que refleja la veta obsesiva de su personalidad, regularmente afectada por otros problemas psicológicos, pero especialmente por la esquizofrenia paranoide, esa que según los manuales, potencia el egocentrismo y produce pérdida de contacto con la realidad. Sospecho que, politizados hasta los tuétanos como estamos, debemos estar haciendo asociaciones con el presente o el pasado reciente, en cuyo  caso propongo que retrocedamos veinte años atrás, para incluir a todas las preferencias partidarias dignamente representadas en este acto.
Ese apego pasional al poder viene de lejos y parece un mal hereditario. Escojo un ejemplo que me parece le viene muy bien al caso: el del presidente Horacio Vásquez en el primer tercio del siglo pasado. De acuerdo con el historiador Juan Daniel Balcácer en su obra Trujillo: El tiranicidio de 1961 (1), Horacio Vásquez, para forzar la prolongación de su mandato que concluía legalmente en 1928, maniobró para que el congreso de entonces no solo extendiera su cargo hasta 1930 sino también que restituyera la reelección presidencial, que ya había sido prohibida en la nueva constitución de 1924. Balcácer señala que algo similar había ocurrido con Santana en 1844, con Báez en 1865, con Lilís en 1887, y con un reguero de caudillos de menor importancia, durante el período comprendido entre la Independencia Nacional y la primera ocupación norteamericana a nuestro país.
Con Rafael Trujillo se produjo una larga pausa en esta práctica marrullera de desconocer los juramentos solemnes de “cumplir y hacer cumplir las leyes”, porque Trujillo, como todo dictador que se respete, impuso su voluntad a sangre y fuego, a dinero y sexo. Tras tres décadas de represión y abusos, murió –como sabemos- de causas naturales, es decir, a consecuencia de varios balazos, final naturalmente destinado a estos respetables señores, salvo a Fidel Castro, que da la impresión de que terminará sus días por vejez o por alzaimer, o ambas cosas a la vez.
Trujillo habría sido el último caudillo, según don Juan Bosch, pero Balcácer añade a la infame lista a Joaquín Balaguer, apologista del tirano mientras le fue conveniente, y luego reproductor oportunista de sus métodos, con variantes de inspiración propia que fueron conformando una antología de lo grotesco. Hay un mar de tinta disponible para describir, cuando alguna vez lleguen a su fin las colindancias políticas actuales, las tropelías del llamado “déspota ilustrado”; que baste, por el momento y para entrar en la materia que nos ocupa, mencionar algunos aspectos del régimen de los doce años que nos ayuden a recordar las características de este tiranuelo santificado gracias a las coyunturas electorales; a saber: debilitamiento intencional de las instituciones, porque es más fácil practicar el personalismo allí donde impera el caos y la burocracia se vuelve inoperante; clientelismo, como mecanismo de soborno para comprar favores y generar lealtades; corrupción generalizada, que facilitó la creación de grupos de poder amparados por la impunidad; y violación de los derechos humanos, que tuvo sus expresiones más evidentes en el encarcelamiento y asesinato de adversarios. Años después, y sobre la sangre derramada, los adversarios que sobrevivieron nombraron a Balaguer Padre de la democracia, porque no podía faltarle un título falso a este colega aventajado de Pedro Santana, El libertador de la Patria, de Buenaventura Báez, El gran ciudadano, de Ulises Heureaux, El pacificador de la Patria, y por supuesto de Rafael Trujillo, Generalísimo, Benefactor y Padre de la Patria nueva.
En 1978, último año de esa dictadura con sordina que fue el balaguerato, José Alcántara Almánzar publicó Testimonios y profanaciones (2), su cuarto libro hasta ese momento, tercero de cuentos, en el que trabajó en dos direcciones claramente diferenciadas y sin embargo intercomunicadas mediante el tratamiento del autoritarismo en sus diversas manifestaciones. Por un lado, el libro contiene relatos breves que presentan distintas situaciones de abuso de autoridad enfocadas desde los puntos de vista social y político; y por otro, ofrece cuentos que exploran el ejercicio de la autoridad desde el ámbito de lo íntimo, empleando una rica variedad de recursos expositivos, como la parodia, la introspección psicológica y el realismo, que aportan efectividad a las tramas y credibilidad a las historias  que se cuentan.
Los relatos breves, inspirados (según testimonio del propio autor) en unas piezas similares del libro Así en la paz como en la guerra, del cubano Guillermo Cabrera Infante, describen, como si se tratara de una cámara cinematográfica que registrara fríamente lo que se produce ante ella, escenas de un desalojo de un barrio, abusos contra cortadores de caña haitianos, represión contra obreros que reclaman prestaciones, el asesinato de un guerrillero que ha sido acorralado, casos de corrupción en una empresa pública, y la ejecución extra-judicial de ladrones comunes a quienes etiquetan convenientemente de comunistas. Dos cosas llaman la atención en estos relatos: primera, la toma de distancia del narrador sobre aquello que narra, ese situarse en la acera de enfrente a observar impasible lo que ocurre, sin mostrar emoción, sin tomar partido, pretendiendo una objetividad que es posible simular en literatura; y segunda, la referencia a la represión o el abuso de poder de manera contigua y no anecdótica o histórica, lo cual refuerza el carácter ficticio que distingue a la buena literatura, liberándola del anclaje de la realidad que la inspiró.
En su obra Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea (3), la profesora de literatura y crítica literaria belga Rita De Maeseneer considera que una de las limitaciones de muchas de las obras dominicanas que tratan sobre la figura del dictador es su dependencia directa del hecho histórico, provocando confusión entre literatura e historia. Al respecto, propone narrar lo histórico desde el ámbito privado, tomando en consideración la intrahistoria, así como trabajar el tema histórico de manera tangencial. Esta sugerencia es relativamente reciente, pero José Alcántara ya la aplicaba a finales de los setenta en estos relatos que, gracias a ello, más de tres décadas después mantienen la misma actualidad que cuando fueron escritos. Esa transcendencia, esa universalidad, es una de las características de la literatura de calidad, como la que escribe José Alcántara Almánzar.
Los otros cuentos que integran Testimonios y profanaciones, y que llamaremos cuentos largos para diferenciarlos de los relatos ya mencionados, echan una mirada crítica, mordaz, a la vida cotidiana de los individuos que componían aquella sociedad de los llamados “doce años” de Balaguer. En una dictadura, no sólo los adversarios declarados sufren los efectos del autoritarismo; también los padecen los ciudadanos comunes que intentan hacer su vida al margen de lo político y que sin embargo no pueden substraerse al miedo, la coacción, la amenaza, que permean hasta sus actividades más íntimas. Es en ese ambiente de asfixia social, de control visceral del Estado sobre las personas, que se crea un universo doméstico reprimido con sus propias historias de censura, traición, deslealtad, abuso, sumisión, envilecimiento y vejación. En estos cuentos largos, José Alcántara no menciona una sola vez al caudillo, pero sentimos su omnipresencia, por ejemplo, en “Crónica trivial de una fiesta íntima”, parodia sobre la clase media emergente, integrada por nuevos ricos maleducados e incultos, surgidos a golpe de oportunismo y malas artes. Usando una mezcla sucesiva de planos que van imbricando en ritmo creciente las estrambóticas  historias de un general y su esposa, un alto funcionario y su pareja, un industrial y su novia y una cronista y su perro pequinés; este cuento retrata la banalidad de un sector de la sociedad con tendencia al individualismo, al egoísmo, y que reproduce en su pequeña escala el culto a la personalidad que le llega por gravedad desde las altas esferas del poder, una pedantería que actualmente alcanza el paroxismo en las revistas sociales y de farándula.
El reverso de esta moneda es el cuento “Los demonios que habitan nuestros días”, una exploración desgarradora de la violencia en los barrios pobres de Santo Domingo, una visión cruda de la relación de dominación entre personas de las clases marginadas. Si en “Crónica trivial de una fiesta íntima” el autor muestra las miserias espirituales del nuevo rico, en “Los demonios que habitan nuestros días” presenta los vicios del pobre, su indiferencia ante el dolor ajeno, la propensión a disfrutar el momento sin medir las consecuencias de sus actos. Tal como lo amerita el tema, el tono utilizado es sobrio y el estilo empleado es el realismo, pero no el social-soez que gana premios internacionales y ha ido creando escuela entre seudo-rebeldes que no alcanzan a entender la rebeldía en su auténtica esencia, sino uno que permite que sean la historia y los personajes los que estremezcan la sensibilidad del lector. El cuento se desarrolla en dos planos paralelos que, aunque independientes, dialogan entre sí, y siembra pistas o símbolos que hay que descifrar para comprender cabalmente lo que se cuenta. Sin darle más vueltas, este cuento es una pieza maestra, una joya de la técnica de este género literario, que curiosamente no ha recibido tanta atención de la crítica ni ha sido tan antologada como el cuento “Con papá en casa de madame Sophie”. En éste, José Alcántara lleva la metáfora del autoritarismo al plano más íntimo y personal posible: el momento de la iniciación sexual de un adolescente fruto de la imposición de su padre. La simbología del tema llega a su punto más alto en el papel dominador del padre, quien decide el momento, el lugar y la prostituta con que deberá ocurrir esta primera fornicación cuyo objetivo, para más señas, es que “el hijo se haga un hombre”; y en la actitud de sumisión del hijo, quien obedece, no protesta y al final debe auxiliar al padre, paradójicamente impedido, por la edad y el alcoholismo, de demostrar su virilidad. Este cuento, con el que Alcántara demuestra cabalmente su magistral manejo de la psicología de sus personajes, remite a la tirante relación del escritor Franz Kafka y su padre, que el célebre autor checo recreó en su obra literaria y de la cual dejó doloroso testimonio en su copiosa correspondencia.
De vivir en nuestros días, Kafka hubiera sido un fanático usuario de las redes sociales, sobre todo del e-mail, pues escribía muchas cartas y muy largas. Tal era su afición a la correspondencia, que escribió 90 cartas a una misma mujer en un período de solo 2 meses (carta y media por día, en promedio) y a otra mujer le llegó a enviar 130 cartas en 5 meses (casi una carta diaria) (4). Muchas de esas cartas revelan interesantes aspectos de la compleja personalidad de Kafka, pero una en particular muestra claramente el terrible drama de su relación con su padre y explicaría muchos de sus problemas de inseguridad, temor y angustia: se trata de La carta al padre (5).
En 100 páginas manuscritas, 45 mecanografiadas, Kafka reclama a su padre la forma autoritaria en que condujo a su familia, especialmente a él, a quien recriminó todo el tiempo por su oficio de escritor, su profesión de abogado y hasta las parejas que eligió y con las que no llegó a casarse. “Era suficiente sentirse feliz por cualquier cosa, absorto en ella, llegar a casa y expresarla, y como respuesta obtener un suspiro irónico, un movimiento de cabeza, un golpeteo de los dedos en la mesa (como diciendo) “he visto cosas mejores” o “ya quisiera yo que esos fueran mis problemas”, escribe amargamente Kafka en su carta, confesando que eran tantos los vejámenes que recibía de su padre, que decidió no hablar, y que tartamudeaba cuando finalmente se atrevía a hacerlo.
Esa traumática experiencia familiar de Kafka se percibe en algunas de sus obras, por ejemplo, en su novela El proceso, donde el protagonista es acusado y llevado a juicio sin que nunca se sepa por qué ni por quién; y en la novela El castillo, en la que el personaje principal nunca logra entrar a la fortaleza, repelido por una fuerza oculta que no ve ni comprende. Según Peter Watson, en Historia intelectual del siglo XX, esa sensación de sometimiento ante un poder abarcador e invencible presente en los textos de Kafka habría prefigurado el fascismo y el nazismo, las más sangrientas manifestaciones de autoritarismo de los últimos cien años.
La literatura, entonces, puede anticipar el surgimiento de sistemas criminales a partir de actitudes cotidianas de dominación o de señales de autoritarismo oficial consentidas y celebradas por masas fascinadas con los símbolos de poder; o puede evocar esas señales y actitudes, dando testimonio sobre la barbarie y alertando sobre su malignidad, mediante el impacto que la obra de arte y sus cualidades estéticas puede provocar en la sensibilidad del lector. Esto último es lo que hace José Alcántara Almánzar en Testimonios y profanaciones: retratar desde la ficción, con uso impecable del lenguaje y utilización de recursos técnicos y creativos novedosos, el autoritarismo y sus odiosas secuelas en lo público y lo personal durante una etapa ominosa de nuestra historia reciente, logrando que sus textos superen el marco que les sirvió de referencia y se mantengan tan actuales que parecieran haber sido escritos esta misma tarde, que parecieran renacer cada vez a los ojos del lector, fieles a esa magia que sólo posee la literatura excepcional, a un tiempo comprometida y trascendente, valiente y maravillosa.
Muchas gracias.

Referencias:
1. Juan Daniel Balcácer: Trujillo, el tiranicidio de 1961. Taurus, Santo Domingo, 2007, segunda edición.
2. José Alcántara Almánzar: Testimonios y profanaciones. Editorial Santuario, Santo Domingo, 2012, segunda edición.
3. Rita De Maeseneer: Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea. Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 2011, primera edición.
4. Peter Watson: Historia intelectual del siglo XX. Editorial Crítica, Barcelona, 2010, tercera impresión.
5. Franz Kafka: Carta al padre. Editorial Concepto, México, 1989, primera reimpresión. 


viernes, 29 de junio de 2012

José Alcántara Almánzar: “Retraté la realidad atroz de los doce años”


Educador, escritor y crítico literario. Ha obtenido los más importantes premios literarios del país, incluyendo el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra.

Por Luis Martin Gómez

En 1978, último año de esa dictadura con sordina que fue el régimen de los doce años de Joaquín Balaguer, José Alcántara Almánzar publicó Testimonios y profanaciones, en el que trabaja en dos direcciones claramente diferenciadas y sin embargo intercomunicadas mediante el tratamiento del autoritarismo en sus diversas manifestaciones. Por un lado, el libro contiene relatos breves que presentan distintas situaciones de abuso de autoridad enfocadas desde los puntos de vista social y político; y por otro, ofrece cuentos que exploran el ejercicio de la autoridad desde el ámbito de lo íntimo, empleando una rica variedad de recursos expositivos como la parodia, la introspección psicológica y el realismo, que aportan efectividad a las tramas y credibilidad a las historias  que se cuentan.


LMG Profesor, me llamó la atención en los relatos cortos la distancia que toma el narrador de los episodios violentos que narra, dejando que sea el lector quien juzgue esos hechos. ¿Cómo logró esa objetividad, tomando en cuenta que el contexto en que escribió esos trabajos fue el de los doce años de Balaguer?

JAA En todo cuento debe haber la mínima intromisión del escritor en lo que dice. Opinar, enjuiciar, moralizar, comentar, es lo peor que puede hacer un narrador de cuentos. Por el contrario, es el lector quien debe hacerse una idea de lo que se cuenta, a través de las palabras y no porque el narrador se lo sugiera o diga. En el caso de estos relatos, hay un antecedente ilustre que me sirvió de modelo, el libro Así en la paz como en la guerra, de Guillermo Cabrera Infante. Sus viñetas se refieren a la dictadura de Batista, y son así: breves, incisivas, objetivas. Yo quise hacer lo mismo con la realidad política dominicana de entonces, que era una realidad atroz, caracterizada por la represión política, para lo cual empleé un enfoque que fuera como una cámara moviéndose delante de un hecho, sin enjuiciar lo que se cuenta. ¿Cómo lo logré? Creo que ayudó mi formación de sociólogo, profesional que debe ser lo más objetivo posible cuando estudia una realidad.

Otro aspecto que llama la atención en estos relatos breves de José Alcántara es la referencia a la represión o el abuso de poder de manera contigua y no anecdótica o histórica, lo cual refuerza el carácter ficticio que distingue a la buena literatura, liberándola del anclaje de la realidad que la inspiró. En su obra Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea, la profesora de literatura y crítica literaria belga Rita De Maeseneer considera que una de las limitaciones de muchas de las obras dominicanas que tratan sobre la figura del dictador es su dependencia directa del hecho histórico, provocando confusión entre literatura e historia. Al respecto, propone narrar lo histórico desde el ámbito privado, tomando en consideración la intrahistoria, así como trabajar el tema histórico de manera tangencial. Esta sugerencia es relativamente reciente, pero José Alcántara ya la aplicaba a finales de los setenta en estos relatos que, gracias a ello, más de tres décadas después mantienen la misma actualidad que cuando fueron escritos.

Autoritarismo íntimo

Los otros cuentos que integran Testimonios y profanaciones, y que llamaremos cuentos largos para diferenciarlos de los relatos ya mencionados, echan una mirada crítica, mordaz, a la vida cotidiana de los individuos que componían aquella sociedad de los doce años de Balaguer. En una dictadura, no sólo los adversarios declarados sufren los efectos del autoritarismo, también los padecen los ciudadanos comunes que intentan hacer su vida al margen de lo político y que sin embargo no pueden substraerse al miedo, la coacción, la amenaza, que permean hasta sus actividades más íntimas. Es en ese ambiente de asfixia social, de control visceral del Estado sobre las personas, que se crea un universo doméstico reprimido con sus propias historias de censura, traición, deslealtad, abuso, sumisión, envilecimiento y vejación.

En estos cuentos largos, José Alcántara no menciona una sola vez al caudillo, pero sentimos su omnipresencia, por ejemplo, en “Crónica trivial de una fiesta íntima”, parodia sobre la clase media emergente, integrada por nuevos ricos maleducados e incultos, surgidos a golpe de oportunismo y malas artes. O en “Los demonios que habitan nuestros días”, una exploración desgarradora de la violencia en los barrios pobres de Santo Domingo, una visión cruda de la relación de dominación entre personas de las clases marginadas. Este cuento, una pieza maestra, se desarrolla en dos planos paralelos que, aunque independientes, dialogan entre sí, y siembra pistas o símbolos que hay que descifrar para comprender cabalmente lo que se cuenta.

JAA Es un cuento que me costó mucho trabajo escribir porque las dos historias que corren paralelas tienen relación, por los personajes que se mueven en una y otra; no es fácil escribir una historia tan larga donde el párrafo único es opresivo, y en ese cuento hay mucho de eso, el estilo llama a una sofocación, a una asfixia. Pienso que esta atmósfera opresiva quizás haya sido llevada a un extremo por el narrador, pero no es insólita, podía encontrarse en ese momento, ya que había mucha gente que llevaba una vida desesperanzada, donde la única alternativa que le quedaba al individuo era escaparse a través de esas prácticas: sexo, alcohol, prostitución, drogas.

LMG ¿Pudiera decirse que en el cuento “Con papá en casa de Madame Sophie”, además de la historia de tirantez entre un padre y su hijo, hay una denuncia al abuso de poder, una rebelión contra la autoridad, representada en el padre pero también en el Estado que asesina, el muchacho que viola, la ciudad que devora con su caos a los menos pudientes?

JAA Yo he estudiado muy a fondo a ese “ogro filantrópico” que es el Estado, como lo llamó Octavio Paz, sus implicaciones, su fuerza, que se impone más allá de cualquier voluntad individual, doblegándola, sometiéndola, en cualquier sistema, hasta en el más democrático, incluso. Sí, hay una crítica implícita no solo a la figura del padre sino a todo poder opresivo que nos hace hacer cosas que no queremos.

La literatura puede anticipar el surgimiento de sistemas criminales a partir de actitudes cotidianas de dominación o de señales de autoritarismo oficial, consentidas y celebradas por masas fascinadas con los símbolos de poder; o puede evocar esas señales y actitudes, dando testimonio sobre la barbarie y alertando sobre su malignidad, mediante el impacto que la obra de arte y sus cualidades estéticas puede provocar en la sensibilidad del lector. Esto último es lo que hace José Alcántara Almánzar en Testimonios y profanaciones: retratar desde la ficción, con uso impecable del lenguaje y utilización de recursos técnicos y creativos novedosos, el autoritarismo y sus odiosas secuelas en lo público y lo personal durante una etapa ominosa de nuestra historia reciente, logrando que sus textos superen el marco que les sirvió de referencia y se mantengan tan actuales que parecieran renacer cada vez a los ojos del lector, fieles a esa magia que sólo posee la literatura excepcional, a un tiempo comprometida y trascendente, valiente y maravillosa.

El autor es periodista y escritor


sábado, 9 de julio de 2011

Charamicos, de Angela Hernández: El apasionado fuego de la escritura

Por Luis Martin Gómez


Angela Hernández descorre las cortinas de su habitación y los árboles que se cuelan por la ventana acentúan el verde de sus ojos. Son las siete de la mañana y está en Ledig’s House, en el Valle del Rio Hudson, a algo más de dos horas de Nueva York, como beneficiaria de una beca que la ha regalado dos meses de tiempo libre para concluir su nueva novela, Charamicos. El canto de las aves que se posan en las gigantescas esculturas que han echado raíces en los 40 acres que bordean la hermosa casa colonial donde residen temporalmente otros nueve artistas, no la distraen; está acostumbrada a tanta belleza porque nació y creció en Jarabacoa, otra sucursal del paraíso. Así que cede al llamado de sus personajes y se sienta otra vez a la computadora para vivir con ellos una historia ambientada durante los doce años del presidente Joaquín Balaguer.

“La novela retrata ese aire de represión militar y al mismo tiempo de utopía revolucionaria que caracterizaron los doce años”, explica Angela y de inmediato aclara: “No es una novela histórica; es la historia de un momento vista a través de la mirada normal, cotidiana, de dos muchachas, una del Cibao y otra del Sur de la isla”. Sin embargo, personajes notables como el comandante revolucionario y líder guerrillero Francisco Alberto Caamaño y el dirigente político y guerrillero urbano Amaury Germán Aristy reclaman parte del argumento a tiro limpio. El nombre de la novela, Charamicos, es una alegoría de lo que para Angela Hernández distingue a la generación de los sesenta y setenta: “Charamicos es una rama que se enciende y apaga rápidamente, como creo que sucedió con esos hombres y esas mujeres que lucharon y murieron, y en algunos casos claudicaron, por su idea de una sociedad más justa”.

Diez años y trescientos cincuenta páginas

Aunque la terminó de escribir durante su estadía de ocho semanas en Ledig’s House, Angela Hernández planeó Charamicos durante diez años. “Tenía la idea pero no la madurez para acometer el proyecto”, confiesa. Relata que mientras trabajaba en otra idea de novela, encontró un cuaderno de notas de los años setenta, cuando estudiaba en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que le proporcionó la pauta para Charamicos. El resto fue trabajar frenéticamente, casi obsesivamente, para armar una estructura que le tomó seis meses y que corrigió y pulió durante su bimestre sabático en Nueva York. El resultado final son trescientos cincuenta páginas que Angela ha rematado con el entusiasmo de quien escala de un solo tirón el Pico de la Cotorra, camino al Pico Duarte. “La novela te permite una mayor expansión del universo creativo que el cuento y la poesía, te ofrece mayores niveles de complejidad, un más amplio repertorio de matices; es, definitivamente, un género más complejo”.

Y también requiere mucha más dedicación. A juicio de Angela Hernández, el país carece de tradición novelística porque los escritores dominicanos no tienen tiempo para escribir, por las múltiples actividades que deben realizar para sobrevivir, o porque suelen agotar sus energías buscando desesperadamente reconocimiento intelectual con espectacularidad farandulera. “Tampoco el ambiente que vive el país te ayuda; nadie con un mínimo de sensibilidad puede abstraerse de la intolerancia y la corrupción que afectan a nuestra sociedad y resulta casi inmoral dedicarse a escribir mientras un grupo dispendia el erario descaradamente”.

Superando esos obstáculos comunes a casi todos los escritores dominicanos, Angela Hernández nos entrega su segunda novela. La primera, Mudanza de los sentidos, ganadora del Premio Cole de novela, abrió para ella nuevos caminos que los ya recorridos con la poesía y el cuento, géneros en los que ha ganado importantes premios en el país y el extranjero. “Charamicos es diferente a Mudanza de los sentidos sobre todo en la estructura; mientras en Mudanza la historia es contada por un solo personaje, una niña, en Charamicos hay numerosos personajes, ambientes y planos que se entrecruzan, se pierden y encuentran, formando una arquitectura hecha con palabras”.

Del Valle del Hudson a Buena Vista Jarabacoa

Angela escribe la palabra “fin”, se levanta del escritorio y se asoma nuevamente a la ventana. En el jardín, sentados a una ingeniosa mesa octagonal, nueve escritores de distintas nacionalidades intercambian información sobre sus países y hablan de lo que han hecho durante las ocho semanas de vacaciones creativas que han disfrutado gracias a la beca de Ledig’s House, institución no lucrativa que acoge durante el año a literatos, músicos y escultores. Más allá, un riachuelo dibuja una sonrisa en el paisaje antes de esconderse bajo una tupida fronda. Angela se descalza y mete bajo el agua. Cuando emerge, otros son los olores y otros los ruidos. Huele a flores y a fresa. Huele a pino y rocío. Camina y escucha quejas sobre la reforma agraria, escucha una discusión sobre beisbol, escucha una bachata. Llega, luminosa y húmeda, a Casa Hernández, el negocio familiar donde su hermano Lucas corta víveres para un sancocho. Enciende el fogón con charamicos. Viéndolos arder, Angela comprueba satisfecha la validez de su flamígera metáfora. Arder y extinguirse, como la inspiración, como la pasión de escribir.

El autor es periodista y escritor