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sábado, 16 de febrero de 2013

Juan Daniel Balcácer: “Los peores enemigos de Duarte fueron los conservadores dominicanos”

Historiador, Premio Nacional Feria del Libro, autor de varios ensayos sobre Juan Pablo
Por Luis Martin Gómez
Se le tiene como un duartiano apasionado desde que, con apenas 30 años de edad, venció a historiadores establecidos en una polémica sobre el protagonismo de Juan Pablo Duarte en la fundación de la República Dominicana. Unas décadas después, y tras la publicación de varios ensayos fundamentales sobre el patricio, Juan Daniel Balcácer ostenta la condición indiscutible de ser una autoridad en la vida y obra de Duarte.
No guarda para sí esa sapiencia amplia y profunda sobre el patricio ni la administra a cuenta gotas para un cerrado círculo de académicos. Por el contrario,  Balcácer procura esparcirla a las nuevas generaciones, adaptando sus ensayos a la comprensión de niños y jóvenes, impartiendo clases en universidades, dando conferencias a las más variadas audiencias, asumiendo su tarea de divulgación como un apostolado a favor de ese ser extraordinario que aún hoy no es valorado en toda su dimensión.
No hay dudas, Balcácer conoce bien a Duarte, sus éxitos y fracasos, lo que lo convirtió en héroe y lo que lo acercó al martirio. Es difícil, por tanto, aventurarse en la exploración de un aspecto que uno cree desconocido o poco debatido del patricio, pues Balcácer tiene a mano el dato o la interpretación de lo que otros suponen novedad.
Conscientes de su dominio del tema, lo interrogamos sobre variados aspectos de Duarte, haciendo hincapié en tres momentos que consideramos cruciales: su alianza con los reformistas haitianos, los resultados de sus misiones diplomáticas, y su derrota ante los conservadores dominicanos.
LMG Los estudiosos de Duarte coinciden en que su maniobra política más audaz
fue el pacto con los reformistas haitianos que derrocaron a Jean Pierre Boyer, pero señalan que no pudo o no supo lograr el consenso entre los distintos sectores sociales para resistir la envestida de Charles Riviere;
¿qué opinión le merece esa apreciación?
JDB Lo primero que hay que destacar es que Duarte supo interpretar correctamente la coyuntura política de 1843, cuando se produce la revolución de la reforma. Duarte, que ya había establecido contacto con un sector liberal del gobierno haitiano, entendió que esa era una oportunidad que los Trinitarios, que venían trabajando de manera organizada desde 1838, debían aprovechar, no solo con el propósito de derrocar a Boyer, sino también con el objetivo de llegar al poder.
Balcácer señala que la estrategia de Duarte fue exitosa, pues los Trinitarios fueron elegidos  en las elecciones populares que se organizaron a raíz de la revolución de la reforma y ocuparon posiciones claves en la parte Este de la isla, lo que les permitió desarrollar una mejor labor de concienciación independentista. “Un dirigente haitiano, al ver la incidencia de los dominicanos en los estamentos de poder, exclamó: “la separación es un hecho”. A partir de ahí, lo que se esperaba era simplemente el pronunciamiento”.
El pronunciamiento ocurrió, como se sabe, el 27 de febrero de 1844, como resultado de ese trabajo político realizado por Duarte, que no era sino una parte de su labor revolucionaria desarrollada a lo largo de una década. Se critica que el patricio, exiliado en Venezuela debido a la persecución desatada contra él por los haitianos, no estuvo presente la noche gloriosa en que se proclamó la independencia, pero queda claro que ese momento no hubiera sido posible sin la labor previa que él dirigió.
LMG También se sugiere que no tuvo éxito en sus misiones de recabar dinero y armas suficientes tanto para luchar contra los haitianos en el 44 como contra los españoles durante la Anexión en el 64.
JDB Visto a la distancia, resulta cómodo criticar lo que pudo o no conseguir Duarte en sus misiones de apoyo político, financiero y hasta militar, para su causa libertadora. Pero hay que tomar en cuenta que la situación política no era la más favorable para que Venezuela se involucrase en la financiación de una revolución de otro Estado. Venezuela tenia la presión de España y una deuda histórica con Haití, de manera que eso hay que analizarlo desde el punto de vista de las relaciones internacionales, y no se le puede atribuir a Duarte un fracaso por no haber podido concretar una ayuda que otras personas, en iguales circunstancias, tampoco hubieran podido lograr.
Las dificultades en esas misiones de apoyo explican la petición que hace Duarte a su familia para que venda algunos bienes con la finalidad de solventar la revolución, actitud que evidencia el convencimiento del patricio en la causa de la independencia y lo retrata como una persona desprendida, sin ningún interés en bienes materiales.
“Estoy convencido de que el Duarte que los dominicanos debemos tener presente es el revolucionario, el hombre de acción y de ideas, y a la par, el hombre de principios morales y éticos firmes, desinteresado, admirador ferviente de la democracia”
De héroe a villano
Juan Pablo Duarte regresa a Republica Dominicana a mediados de marzo de 1844, es recibido con honores en el puerto de Santo Domingo, saludado como Padre de la Patria, y acompañado hasta su casa por una banda de música y una multitud que lo vitoreaba. En agosto de ese mismo ano, es decir, solo 5 meses después, es acusado de traidor a la patria, condenado a muerte y expulsado a perpetuidad. ¿Cómo pudo ocurrir un declive tan vertiginoso?
JDB Ese fenómeno tiene una explicación lógica, dentro de las posiciones políticas y clasistas de la época. En ese recibimiento en el puerto estaban sus seguidores pero no estaba Santana, ni Bobadilla, ni Báez, sus opositores. El nombramiento de Duarte como comandante militar de la plaza de Santo Domingo, la más importante de la época, provocó que el sector conservador cayera en cuenta de que había regresado el verdadero líder del movimiento independentista al que tendrían que cederle un espacio de poder, y ahí comenzaron las luchas.
Balcácer indica que Duarte encabezó la lucha contra el sector conservador, oponiéndose a  la cesión de una parte del territorio nacional, como pretendían los afrancesados, reafirmando de esta manera su visión, expresada originalmente en el juramento trinitario, de implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera. “Los opositores más feroces que tuvo Duarte no fueron los haitianos, sino los conservadores criollos que lo adversaron, lo persiguieron y lo expulsaron de la isla”.
El autor es periodista y escritor

jueves, 5 de julio de 2012

Palabras de presentación del libro Testimonios y profanaciones


Por Luis Martin Gómez

Uno de los inconvenientes que tenemos los ciudadanos dominicanos con nuestros políticos es que casi siempre se quieren quedar con el poder, y cuando por fin se van, el retorno se convierte para ellos en una cuestión de vida o muerte que refleja la veta obsesiva de su personalidad, regularmente afectada por otros problemas psicológicos, pero especialmente por la esquizofrenia paranoide, esa que según los manuales, potencia el egocentrismo y produce pérdida de contacto con la realidad. Sospecho que, politizados hasta los tuétanos como estamos, debemos estar haciendo asociaciones con el presente o el pasado reciente, en cuyo  caso propongo que retrocedamos veinte años atrás, para incluir a todas las preferencias partidarias dignamente representadas en este acto.
Ese apego pasional al poder viene de lejos y parece un mal hereditario. Escojo un ejemplo que me parece le viene muy bien al caso: el del presidente Horacio Vásquez en el primer tercio del siglo pasado. De acuerdo con el historiador Juan Daniel Balcácer en su obra Trujillo: El tiranicidio de 1961 (1), Horacio Vásquez, para forzar la prolongación de su mandato que concluía legalmente en 1928, maniobró para que el congreso de entonces no solo extendiera su cargo hasta 1930 sino también que restituyera la reelección presidencial, que ya había sido prohibida en la nueva constitución de 1924. Balcácer señala que algo similar había ocurrido con Santana en 1844, con Báez en 1865, con Lilís en 1887, y con un reguero de caudillos de menor importancia, durante el período comprendido entre la Independencia Nacional y la primera ocupación norteamericana a nuestro país.
Con Rafael Trujillo se produjo una larga pausa en esta práctica marrullera de desconocer los juramentos solemnes de “cumplir y hacer cumplir las leyes”, porque Trujillo, como todo dictador que se respete, impuso su voluntad a sangre y fuego, a dinero y sexo. Tras tres décadas de represión y abusos, murió –como sabemos- de causas naturales, es decir, a consecuencia de varios balazos, final naturalmente destinado a estos respetables señores, salvo a Fidel Castro, que da la impresión de que terminará sus días por vejez o por alzaimer, o ambas cosas a la vez.
Trujillo habría sido el último caudillo, según don Juan Bosch, pero Balcácer añade a la infame lista a Joaquín Balaguer, apologista del tirano mientras le fue conveniente, y luego reproductor oportunista de sus métodos, con variantes de inspiración propia que fueron conformando una antología de lo grotesco. Hay un mar de tinta disponible para describir, cuando alguna vez lleguen a su fin las colindancias políticas actuales, las tropelías del llamado “déspota ilustrado”; que baste, por el momento y para entrar en la materia que nos ocupa, mencionar algunos aspectos del régimen de los doce años que nos ayuden a recordar las características de este tiranuelo santificado gracias a las coyunturas electorales; a saber: debilitamiento intencional de las instituciones, porque es más fácil practicar el personalismo allí donde impera el caos y la burocracia se vuelve inoperante; clientelismo, como mecanismo de soborno para comprar favores y generar lealtades; corrupción generalizada, que facilitó la creación de grupos de poder amparados por la impunidad; y violación de los derechos humanos, que tuvo sus expresiones más evidentes en el encarcelamiento y asesinato de adversarios. Años después, y sobre la sangre derramada, los adversarios que sobrevivieron nombraron a Balaguer Padre de la democracia, porque no podía faltarle un título falso a este colega aventajado de Pedro Santana, El libertador de la Patria, de Buenaventura Báez, El gran ciudadano, de Ulises Heureaux, El pacificador de la Patria, y por supuesto de Rafael Trujillo, Generalísimo, Benefactor y Padre de la Patria nueva.
En 1978, último año de esa dictadura con sordina que fue el balaguerato, José Alcántara Almánzar publicó Testimonios y profanaciones (2), su cuarto libro hasta ese momento, tercero de cuentos, en el que trabajó en dos direcciones claramente diferenciadas y sin embargo intercomunicadas mediante el tratamiento del autoritarismo en sus diversas manifestaciones. Por un lado, el libro contiene relatos breves que presentan distintas situaciones de abuso de autoridad enfocadas desde los puntos de vista social y político; y por otro, ofrece cuentos que exploran el ejercicio de la autoridad desde el ámbito de lo íntimo, empleando una rica variedad de recursos expositivos, como la parodia, la introspección psicológica y el realismo, que aportan efectividad a las tramas y credibilidad a las historias  que se cuentan.
Los relatos breves, inspirados (según testimonio del propio autor) en unas piezas similares del libro Así en la paz como en la guerra, del cubano Guillermo Cabrera Infante, describen, como si se tratara de una cámara cinematográfica que registrara fríamente lo que se produce ante ella, escenas de un desalojo de un barrio, abusos contra cortadores de caña haitianos, represión contra obreros que reclaman prestaciones, el asesinato de un guerrillero que ha sido acorralado, casos de corrupción en una empresa pública, y la ejecución extra-judicial de ladrones comunes a quienes etiquetan convenientemente de comunistas. Dos cosas llaman la atención en estos relatos: primera, la toma de distancia del narrador sobre aquello que narra, ese situarse en la acera de enfrente a observar impasible lo que ocurre, sin mostrar emoción, sin tomar partido, pretendiendo una objetividad que es posible simular en literatura; y segunda, la referencia a la represión o el abuso de poder de manera contigua y no anecdótica o histórica, lo cual refuerza el carácter ficticio que distingue a la buena literatura, liberándola del anclaje de la realidad que la inspiró.
En su obra Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea (3), la profesora de literatura y crítica literaria belga Rita De Maeseneer considera que una de las limitaciones de muchas de las obras dominicanas que tratan sobre la figura del dictador es su dependencia directa del hecho histórico, provocando confusión entre literatura e historia. Al respecto, propone narrar lo histórico desde el ámbito privado, tomando en consideración la intrahistoria, así como trabajar el tema histórico de manera tangencial. Esta sugerencia es relativamente reciente, pero José Alcántara ya la aplicaba a finales de los setenta en estos relatos que, gracias a ello, más de tres décadas después mantienen la misma actualidad que cuando fueron escritos. Esa transcendencia, esa universalidad, es una de las características de la literatura de calidad, como la que escribe José Alcántara Almánzar.
Los otros cuentos que integran Testimonios y profanaciones, y que llamaremos cuentos largos para diferenciarlos de los relatos ya mencionados, echan una mirada crítica, mordaz, a la vida cotidiana de los individuos que componían aquella sociedad de los llamados “doce años” de Balaguer. En una dictadura, no sólo los adversarios declarados sufren los efectos del autoritarismo; también los padecen los ciudadanos comunes que intentan hacer su vida al margen de lo político y que sin embargo no pueden substraerse al miedo, la coacción, la amenaza, que permean hasta sus actividades más íntimas. Es en ese ambiente de asfixia social, de control visceral del Estado sobre las personas, que se crea un universo doméstico reprimido con sus propias historias de censura, traición, deslealtad, abuso, sumisión, envilecimiento y vejación. En estos cuentos largos, José Alcántara no menciona una sola vez al caudillo, pero sentimos su omnipresencia, por ejemplo, en “Crónica trivial de una fiesta íntima”, parodia sobre la clase media emergente, integrada por nuevos ricos maleducados e incultos, surgidos a golpe de oportunismo y malas artes. Usando una mezcla sucesiva de planos que van imbricando en ritmo creciente las estrambóticas  historias de un general y su esposa, un alto funcionario y su pareja, un industrial y su novia y una cronista y su perro pequinés; este cuento retrata la banalidad de un sector de la sociedad con tendencia al individualismo, al egoísmo, y que reproduce en su pequeña escala el culto a la personalidad que le llega por gravedad desde las altas esferas del poder, una pedantería que actualmente alcanza el paroxismo en las revistas sociales y de farándula.
El reverso de esta moneda es el cuento “Los demonios que habitan nuestros días”, una exploración desgarradora de la violencia en los barrios pobres de Santo Domingo, una visión cruda de la relación de dominación entre personas de las clases marginadas. Si en “Crónica trivial de una fiesta íntima” el autor muestra las miserias espirituales del nuevo rico, en “Los demonios que habitan nuestros días” presenta los vicios del pobre, su indiferencia ante el dolor ajeno, la propensión a disfrutar el momento sin medir las consecuencias de sus actos. Tal como lo amerita el tema, el tono utilizado es sobrio y el estilo empleado es el realismo, pero no el social-soez que gana premios internacionales y ha ido creando escuela entre seudo-rebeldes que no alcanzan a entender la rebeldía en su auténtica esencia, sino uno que permite que sean la historia y los personajes los que estremezcan la sensibilidad del lector. El cuento se desarrolla en dos planos paralelos que, aunque independientes, dialogan entre sí, y siembra pistas o símbolos que hay que descifrar para comprender cabalmente lo que se cuenta. Sin darle más vueltas, este cuento es una pieza maestra, una joya de la técnica de este género literario, que curiosamente no ha recibido tanta atención de la crítica ni ha sido tan antologada como el cuento “Con papá en casa de madame Sophie”. En éste, José Alcántara lleva la metáfora del autoritarismo al plano más íntimo y personal posible: el momento de la iniciación sexual de un adolescente fruto de la imposición de su padre. La simbología del tema llega a su punto más alto en el papel dominador del padre, quien decide el momento, el lugar y la prostituta con que deberá ocurrir esta primera fornicación cuyo objetivo, para más señas, es que “el hijo se haga un hombre”; y en la actitud de sumisión del hijo, quien obedece, no protesta y al final debe auxiliar al padre, paradójicamente impedido, por la edad y el alcoholismo, de demostrar su virilidad. Este cuento, con el que Alcántara demuestra cabalmente su magistral manejo de la psicología de sus personajes, remite a la tirante relación del escritor Franz Kafka y su padre, que el célebre autor checo recreó en su obra literaria y de la cual dejó doloroso testimonio en su copiosa correspondencia.
De vivir en nuestros días, Kafka hubiera sido un fanático usuario de las redes sociales, sobre todo del e-mail, pues escribía muchas cartas y muy largas. Tal era su afición a la correspondencia, que escribió 90 cartas a una misma mujer en un período de solo 2 meses (carta y media por día, en promedio) y a otra mujer le llegó a enviar 130 cartas en 5 meses (casi una carta diaria) (4). Muchas de esas cartas revelan interesantes aspectos de la compleja personalidad de Kafka, pero una en particular muestra claramente el terrible drama de su relación con su padre y explicaría muchos de sus problemas de inseguridad, temor y angustia: se trata de La carta al padre (5).
En 100 páginas manuscritas, 45 mecanografiadas, Kafka reclama a su padre la forma autoritaria en que condujo a su familia, especialmente a él, a quien recriminó todo el tiempo por su oficio de escritor, su profesión de abogado y hasta las parejas que eligió y con las que no llegó a casarse. “Era suficiente sentirse feliz por cualquier cosa, absorto en ella, llegar a casa y expresarla, y como respuesta obtener un suspiro irónico, un movimiento de cabeza, un golpeteo de los dedos en la mesa (como diciendo) “he visto cosas mejores” o “ya quisiera yo que esos fueran mis problemas”, escribe amargamente Kafka en su carta, confesando que eran tantos los vejámenes que recibía de su padre, que decidió no hablar, y que tartamudeaba cuando finalmente se atrevía a hacerlo.
Esa traumática experiencia familiar de Kafka se percibe en algunas de sus obras, por ejemplo, en su novela El proceso, donde el protagonista es acusado y llevado a juicio sin que nunca se sepa por qué ni por quién; y en la novela El castillo, en la que el personaje principal nunca logra entrar a la fortaleza, repelido por una fuerza oculta que no ve ni comprende. Según Peter Watson, en Historia intelectual del siglo XX, esa sensación de sometimiento ante un poder abarcador e invencible presente en los textos de Kafka habría prefigurado el fascismo y el nazismo, las más sangrientas manifestaciones de autoritarismo de los últimos cien años.
La literatura, entonces, puede anticipar el surgimiento de sistemas criminales a partir de actitudes cotidianas de dominación o de señales de autoritarismo oficial consentidas y celebradas por masas fascinadas con los símbolos de poder; o puede evocar esas señales y actitudes, dando testimonio sobre la barbarie y alertando sobre su malignidad, mediante el impacto que la obra de arte y sus cualidades estéticas puede provocar en la sensibilidad del lector. Esto último es lo que hace José Alcántara Almánzar en Testimonios y profanaciones: retratar desde la ficción, con uso impecable del lenguaje y utilización de recursos técnicos y creativos novedosos, el autoritarismo y sus odiosas secuelas en lo público y lo personal durante una etapa ominosa de nuestra historia reciente, logrando que sus textos superen el marco que les sirvió de referencia y se mantengan tan actuales que parecieran haber sido escritos esta misma tarde, que parecieran renacer cada vez a los ojos del lector, fieles a esa magia que sólo posee la literatura excepcional, a un tiempo comprometida y trascendente, valiente y maravillosa.
Muchas gracias.

Referencias:
1. Juan Daniel Balcácer: Trujillo, el tiranicidio de 1961. Taurus, Santo Domingo, 2007, segunda edición.
2. José Alcántara Almánzar: Testimonios y profanaciones. Editorial Santuario, Santo Domingo, 2012, segunda edición.
3. Rita De Maeseneer: Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea. Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 2011, primera edición.
4. Peter Watson: Historia intelectual del siglo XX. Editorial Crítica, Barcelona, 2010, tercera impresión.
5. Franz Kafka: Carta al padre. Editorial Concepto, México, 1989, primera reimpresión.