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domingo, 2 de octubre de 2016

Comentario de José Alcántara Almánzar sobre Rumor de río

Un padre que ha perdido la memoria y se halla extraviado en los laberintos del olvido; un hijo que intenta reconstruir un pasado compartido; una memoria propia que en parte es también la del padre; un colectivo signado durante décadas por una represión feroz que llevó a muchos a la tumba, y más tarde por la contrainsurgencia con la que se pretendía aplastar los últimos vestigios de rebeldía popular. Todos estos elementos confluyen en el meollo deRumor de río, de Luis Martín Gómez, un texto que cabalga entre el relato extenso y la novela corta, sin que importe mucho la clasificación genérica, pues lo que en verdad cuenta es el aliento poético de la pequeña obra, como se advierte desde el principio con “Remolino” y en otras muchas páginas, incluido el final (“Recuerdos”).


Conmovido por la desmemoria del padre amado, el personaje-narrador lleva a cabo una ardua empresa que consiste en rehacer lo que ocurrió en su niñez y adolescencia: recomponer el mapa barrial del Ensanche Ozama, urbanización modélica construida por Trujillo para militares y asimilados, con sus amplios solares arbolados, sus jardines con flores, sus viviendas modestas tan similares, que eran albergues de aspiraciones y sueños comunitarios que quedaron anclados en el tiempo. Pero nada hay tan inconstante y mutable que la memoria, la cual cambia y reacomoda los recuerdos. Nada es fijo allí, en ese territorio de emociones, sentimientos e imágenes que uno lleva más en el corazón que en la mente, y que nos empujan a modificar, sin quererlo, sin advertirlo siquiera, hechos y datos asentados en ese reservorio particular e intransferible.


Para traer al presente el escenario barrial de los años setenta del siglo pasado, el narrador descarta el método tradicional, que no es otra cosa que la crónica de unos sucesos que marcaron a su generación y a su grupo de amigos, para decantarse por una prosa que desdeña la puntuación convencional y en la que se enseñorea un humor regocijante, irónico casi siempre, que no evade el morbo sexual ni la descripción de intimidades escabrosas. Los personajes se comunican en su jerga barrial, con sus procacidades y detalles peculiares, sin pretensiones heroicas. Se llama a las cosas con los nombres que el pueblo emplea, y el autor ha evitado edulcorar su ficción sin transformarla en una estampa de urbanidad al gusto de ciertos lectores puntillosos.

Numerosas historias personales se entrecruzan en la obra, y un capítulo se encadena al siguiente, no como una sucesión de cuentos aislados –tendencia que el autor, ducho cuentista, ha eludido- sino como piezas de un tablero que asumen sus papeles con mayor o menor intensidad para formar un conjunto heterogéneo pero verosímil. Algunos son típicos de la vida barrial, como Miel de Abejas, Don Giácomo, Luis su Alteza, entre otros, y el trio que forman Felo, Chago e Ito, inseparables del narrador, núcleo que crea la intriga en torno a la búsqueda de supuestas armas y una caja de alimentos enlatados que soldados norteamericanos enterraron durante la Revolución de Abril del 65. Son antihéroes anónimos, cuyas aventuras y hazañas, impulsadas por la curiosidad y el gesto cómplice, colorean la vida barrial, sacándola de la rutina e intrascendencia de los años setenta del siglo XX.

La tesis central de la narración la expresa el propio narrador: “Un grupo de niños, padre, es la unidad más solidad de la sociedad. No es el matrimonio, ni las oenegés, ni los partidos, ni el ejército. Es la pandilla infantil, ese colectivo ingenuo y unido monolíticamente alrededor de la amistad sincera, pura, solidaria, que actúa movido por la imaginación y los sueños”. Rumor de río, título que el autor ha elegido para su obra, alude a la presencia sonora del río Ozama, en uno de los límites del barrio, y a su carácter de mudo testigo del acontecer cotidiano en esa parte de la ciudad. La imagen del río como una sucesión dialéctica que se transforma sin cesar es también un acierto narrativo, ya que el Ozama ha sido, desde la fundación de la ciudad hace más de quinientos años, hasta nuestros días, una masa de agua que pareciera eterna y que lo arrastra todo hacia el mar: la basura y los sueños, lo atroz y lo inconfesable, renovando su piel cada mañana, como si la contaminación y las algas no le afectaran; como si el detrito humano que la destruye sin remedio pudiera diluirse con las lluvias torrenciales del verano.

Pese a su brevedad, la obra hace acopio de un sinnúmero de referencias que permiten trazar al perfil sociocultural de un momento histórico definido por la frustración y la amargura de un cambio politico abortado por la ocupación norteamericana y los Doce Años de Balaguer. Cada capítulo ofrece imágenes de una ciudad insomne y de un barrio ubicado en la margen oriental del río Ozama como una especie de enclave, con su propio código y prácticas sociales, con sus hábitos y costumbres inconfundibles, donde un grupo de niños crecía tejiendo sueños, bajo la mirada de adultos inmersos en el trabajo y las banderías políticas del momento.

La intertextualidad, las citas de canciones, filmes, refranes, comics, la mención de lugares y prácticas sociales, sirven de apoyaturas válidas que enmarcan la acción de los personajes hasta desembocar en un final anticlimático, con la muerte de los guerrilleros en el kilómetro 14 de la autopista Las Américas, y el cierre poético, con un enunciado triste y resignado que lo dice todo: “Tú quisieras recordar y yo olvidar, pero no podemos. El recuerdo se te ha fugado como una novia infiel y a mí me persigue como una amante obsesionada. A ti te ha librado el Alzheimer, yo sigo prisionero del recuerdo”.

(Rumor de río está disponible en Amazon.com y en el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana).

jueves, 5 de julio de 2012

Palabras de presentación del libro Testimonios y profanaciones


Por Luis Martin Gómez

Uno de los inconvenientes que tenemos los ciudadanos dominicanos con nuestros políticos es que casi siempre se quieren quedar con el poder, y cuando por fin se van, el retorno se convierte para ellos en una cuestión de vida o muerte que refleja la veta obsesiva de su personalidad, regularmente afectada por otros problemas psicológicos, pero especialmente por la esquizofrenia paranoide, esa que según los manuales, potencia el egocentrismo y produce pérdida de contacto con la realidad. Sospecho que, politizados hasta los tuétanos como estamos, debemos estar haciendo asociaciones con el presente o el pasado reciente, en cuyo  caso propongo que retrocedamos veinte años atrás, para incluir a todas las preferencias partidarias dignamente representadas en este acto.
Ese apego pasional al poder viene de lejos y parece un mal hereditario. Escojo un ejemplo que me parece le viene muy bien al caso: el del presidente Horacio Vásquez en el primer tercio del siglo pasado. De acuerdo con el historiador Juan Daniel Balcácer en su obra Trujillo: El tiranicidio de 1961 (1), Horacio Vásquez, para forzar la prolongación de su mandato que concluía legalmente en 1928, maniobró para que el congreso de entonces no solo extendiera su cargo hasta 1930 sino también que restituyera la reelección presidencial, que ya había sido prohibida en la nueva constitución de 1924. Balcácer señala que algo similar había ocurrido con Santana en 1844, con Báez en 1865, con Lilís en 1887, y con un reguero de caudillos de menor importancia, durante el período comprendido entre la Independencia Nacional y la primera ocupación norteamericana a nuestro país.
Con Rafael Trujillo se produjo una larga pausa en esta práctica marrullera de desconocer los juramentos solemnes de “cumplir y hacer cumplir las leyes”, porque Trujillo, como todo dictador que se respete, impuso su voluntad a sangre y fuego, a dinero y sexo. Tras tres décadas de represión y abusos, murió –como sabemos- de causas naturales, es decir, a consecuencia de varios balazos, final naturalmente destinado a estos respetables señores, salvo a Fidel Castro, que da la impresión de que terminará sus días por vejez o por alzaimer, o ambas cosas a la vez.
Trujillo habría sido el último caudillo, según don Juan Bosch, pero Balcácer añade a la infame lista a Joaquín Balaguer, apologista del tirano mientras le fue conveniente, y luego reproductor oportunista de sus métodos, con variantes de inspiración propia que fueron conformando una antología de lo grotesco. Hay un mar de tinta disponible para describir, cuando alguna vez lleguen a su fin las colindancias políticas actuales, las tropelías del llamado “déspota ilustrado”; que baste, por el momento y para entrar en la materia que nos ocupa, mencionar algunos aspectos del régimen de los doce años que nos ayuden a recordar las características de este tiranuelo santificado gracias a las coyunturas electorales; a saber: debilitamiento intencional de las instituciones, porque es más fácil practicar el personalismo allí donde impera el caos y la burocracia se vuelve inoperante; clientelismo, como mecanismo de soborno para comprar favores y generar lealtades; corrupción generalizada, que facilitó la creación de grupos de poder amparados por la impunidad; y violación de los derechos humanos, que tuvo sus expresiones más evidentes en el encarcelamiento y asesinato de adversarios. Años después, y sobre la sangre derramada, los adversarios que sobrevivieron nombraron a Balaguer Padre de la democracia, porque no podía faltarle un título falso a este colega aventajado de Pedro Santana, El libertador de la Patria, de Buenaventura Báez, El gran ciudadano, de Ulises Heureaux, El pacificador de la Patria, y por supuesto de Rafael Trujillo, Generalísimo, Benefactor y Padre de la Patria nueva.
En 1978, último año de esa dictadura con sordina que fue el balaguerato, José Alcántara Almánzar publicó Testimonios y profanaciones (2), su cuarto libro hasta ese momento, tercero de cuentos, en el que trabajó en dos direcciones claramente diferenciadas y sin embargo intercomunicadas mediante el tratamiento del autoritarismo en sus diversas manifestaciones. Por un lado, el libro contiene relatos breves que presentan distintas situaciones de abuso de autoridad enfocadas desde los puntos de vista social y político; y por otro, ofrece cuentos que exploran el ejercicio de la autoridad desde el ámbito de lo íntimo, empleando una rica variedad de recursos expositivos, como la parodia, la introspección psicológica y el realismo, que aportan efectividad a las tramas y credibilidad a las historias  que se cuentan.
Los relatos breves, inspirados (según testimonio del propio autor) en unas piezas similares del libro Así en la paz como en la guerra, del cubano Guillermo Cabrera Infante, describen, como si se tratara de una cámara cinematográfica que registrara fríamente lo que se produce ante ella, escenas de un desalojo de un barrio, abusos contra cortadores de caña haitianos, represión contra obreros que reclaman prestaciones, el asesinato de un guerrillero que ha sido acorralado, casos de corrupción en una empresa pública, y la ejecución extra-judicial de ladrones comunes a quienes etiquetan convenientemente de comunistas. Dos cosas llaman la atención en estos relatos: primera, la toma de distancia del narrador sobre aquello que narra, ese situarse en la acera de enfrente a observar impasible lo que ocurre, sin mostrar emoción, sin tomar partido, pretendiendo una objetividad que es posible simular en literatura; y segunda, la referencia a la represión o el abuso de poder de manera contigua y no anecdótica o histórica, lo cual refuerza el carácter ficticio que distingue a la buena literatura, liberándola del anclaje de la realidad que la inspiró.
En su obra Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea (3), la profesora de literatura y crítica literaria belga Rita De Maeseneer considera que una de las limitaciones de muchas de las obras dominicanas que tratan sobre la figura del dictador es su dependencia directa del hecho histórico, provocando confusión entre literatura e historia. Al respecto, propone narrar lo histórico desde el ámbito privado, tomando en consideración la intrahistoria, así como trabajar el tema histórico de manera tangencial. Esta sugerencia es relativamente reciente, pero José Alcántara ya la aplicaba a finales de los setenta en estos relatos que, gracias a ello, más de tres décadas después mantienen la misma actualidad que cuando fueron escritos. Esa transcendencia, esa universalidad, es una de las características de la literatura de calidad, como la que escribe José Alcántara Almánzar.
Los otros cuentos que integran Testimonios y profanaciones, y que llamaremos cuentos largos para diferenciarlos de los relatos ya mencionados, echan una mirada crítica, mordaz, a la vida cotidiana de los individuos que componían aquella sociedad de los llamados “doce años” de Balaguer. En una dictadura, no sólo los adversarios declarados sufren los efectos del autoritarismo; también los padecen los ciudadanos comunes que intentan hacer su vida al margen de lo político y que sin embargo no pueden substraerse al miedo, la coacción, la amenaza, que permean hasta sus actividades más íntimas. Es en ese ambiente de asfixia social, de control visceral del Estado sobre las personas, que se crea un universo doméstico reprimido con sus propias historias de censura, traición, deslealtad, abuso, sumisión, envilecimiento y vejación. En estos cuentos largos, José Alcántara no menciona una sola vez al caudillo, pero sentimos su omnipresencia, por ejemplo, en “Crónica trivial de una fiesta íntima”, parodia sobre la clase media emergente, integrada por nuevos ricos maleducados e incultos, surgidos a golpe de oportunismo y malas artes. Usando una mezcla sucesiva de planos que van imbricando en ritmo creciente las estrambóticas  historias de un general y su esposa, un alto funcionario y su pareja, un industrial y su novia y una cronista y su perro pequinés; este cuento retrata la banalidad de un sector de la sociedad con tendencia al individualismo, al egoísmo, y que reproduce en su pequeña escala el culto a la personalidad que le llega por gravedad desde las altas esferas del poder, una pedantería que actualmente alcanza el paroxismo en las revistas sociales y de farándula.
El reverso de esta moneda es el cuento “Los demonios que habitan nuestros días”, una exploración desgarradora de la violencia en los barrios pobres de Santo Domingo, una visión cruda de la relación de dominación entre personas de las clases marginadas. Si en “Crónica trivial de una fiesta íntima” el autor muestra las miserias espirituales del nuevo rico, en “Los demonios que habitan nuestros días” presenta los vicios del pobre, su indiferencia ante el dolor ajeno, la propensión a disfrutar el momento sin medir las consecuencias de sus actos. Tal como lo amerita el tema, el tono utilizado es sobrio y el estilo empleado es el realismo, pero no el social-soez que gana premios internacionales y ha ido creando escuela entre seudo-rebeldes que no alcanzan a entender la rebeldía en su auténtica esencia, sino uno que permite que sean la historia y los personajes los que estremezcan la sensibilidad del lector. El cuento se desarrolla en dos planos paralelos que, aunque independientes, dialogan entre sí, y siembra pistas o símbolos que hay que descifrar para comprender cabalmente lo que se cuenta. Sin darle más vueltas, este cuento es una pieza maestra, una joya de la técnica de este género literario, que curiosamente no ha recibido tanta atención de la crítica ni ha sido tan antologada como el cuento “Con papá en casa de madame Sophie”. En éste, José Alcántara lleva la metáfora del autoritarismo al plano más íntimo y personal posible: el momento de la iniciación sexual de un adolescente fruto de la imposición de su padre. La simbología del tema llega a su punto más alto en el papel dominador del padre, quien decide el momento, el lugar y la prostituta con que deberá ocurrir esta primera fornicación cuyo objetivo, para más señas, es que “el hijo se haga un hombre”; y en la actitud de sumisión del hijo, quien obedece, no protesta y al final debe auxiliar al padre, paradójicamente impedido, por la edad y el alcoholismo, de demostrar su virilidad. Este cuento, con el que Alcántara demuestra cabalmente su magistral manejo de la psicología de sus personajes, remite a la tirante relación del escritor Franz Kafka y su padre, que el célebre autor checo recreó en su obra literaria y de la cual dejó doloroso testimonio en su copiosa correspondencia.
De vivir en nuestros días, Kafka hubiera sido un fanático usuario de las redes sociales, sobre todo del e-mail, pues escribía muchas cartas y muy largas. Tal era su afición a la correspondencia, que escribió 90 cartas a una misma mujer en un período de solo 2 meses (carta y media por día, en promedio) y a otra mujer le llegó a enviar 130 cartas en 5 meses (casi una carta diaria) (4). Muchas de esas cartas revelan interesantes aspectos de la compleja personalidad de Kafka, pero una en particular muestra claramente el terrible drama de su relación con su padre y explicaría muchos de sus problemas de inseguridad, temor y angustia: se trata de La carta al padre (5).
En 100 páginas manuscritas, 45 mecanografiadas, Kafka reclama a su padre la forma autoritaria en que condujo a su familia, especialmente a él, a quien recriminó todo el tiempo por su oficio de escritor, su profesión de abogado y hasta las parejas que eligió y con las que no llegó a casarse. “Era suficiente sentirse feliz por cualquier cosa, absorto en ella, llegar a casa y expresarla, y como respuesta obtener un suspiro irónico, un movimiento de cabeza, un golpeteo de los dedos en la mesa (como diciendo) “he visto cosas mejores” o “ya quisiera yo que esos fueran mis problemas”, escribe amargamente Kafka en su carta, confesando que eran tantos los vejámenes que recibía de su padre, que decidió no hablar, y que tartamudeaba cuando finalmente se atrevía a hacerlo.
Esa traumática experiencia familiar de Kafka se percibe en algunas de sus obras, por ejemplo, en su novela El proceso, donde el protagonista es acusado y llevado a juicio sin que nunca se sepa por qué ni por quién; y en la novela El castillo, en la que el personaje principal nunca logra entrar a la fortaleza, repelido por una fuerza oculta que no ve ni comprende. Según Peter Watson, en Historia intelectual del siglo XX, esa sensación de sometimiento ante un poder abarcador e invencible presente en los textos de Kafka habría prefigurado el fascismo y el nazismo, las más sangrientas manifestaciones de autoritarismo de los últimos cien años.
La literatura, entonces, puede anticipar el surgimiento de sistemas criminales a partir de actitudes cotidianas de dominación o de señales de autoritarismo oficial consentidas y celebradas por masas fascinadas con los símbolos de poder; o puede evocar esas señales y actitudes, dando testimonio sobre la barbarie y alertando sobre su malignidad, mediante el impacto que la obra de arte y sus cualidades estéticas puede provocar en la sensibilidad del lector. Esto último es lo que hace José Alcántara Almánzar en Testimonios y profanaciones: retratar desde la ficción, con uso impecable del lenguaje y utilización de recursos técnicos y creativos novedosos, el autoritarismo y sus odiosas secuelas en lo público y lo personal durante una etapa ominosa de nuestra historia reciente, logrando que sus textos superen el marco que les sirvió de referencia y se mantengan tan actuales que parecieran haber sido escritos esta misma tarde, que parecieran renacer cada vez a los ojos del lector, fieles a esa magia que sólo posee la literatura excepcional, a un tiempo comprometida y trascendente, valiente y maravillosa.
Muchas gracias.

Referencias:
1. Juan Daniel Balcácer: Trujillo, el tiranicidio de 1961. Taurus, Santo Domingo, 2007, segunda edición.
2. José Alcántara Almánzar: Testimonios y profanaciones. Editorial Santuario, Santo Domingo, 2012, segunda edición.
3. Rita De Maeseneer: Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea. Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 2011, primera edición.
4. Peter Watson: Historia intelectual del siglo XX. Editorial Crítica, Barcelona, 2010, tercera impresión.
5. Franz Kafka: Carta al padre. Editorial Concepto, México, 1989, primera reimpresión. 


viernes, 29 de junio de 2012

José Alcántara Almánzar: “Retraté la realidad atroz de los doce años”


Educador, escritor y crítico literario. Ha obtenido los más importantes premios literarios del país, incluyendo el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra.

Por Luis Martin Gómez

En 1978, último año de esa dictadura con sordina que fue el régimen de los doce años de Joaquín Balaguer, José Alcántara Almánzar publicó Testimonios y profanaciones, en el que trabaja en dos direcciones claramente diferenciadas y sin embargo intercomunicadas mediante el tratamiento del autoritarismo en sus diversas manifestaciones. Por un lado, el libro contiene relatos breves que presentan distintas situaciones de abuso de autoridad enfocadas desde los puntos de vista social y político; y por otro, ofrece cuentos que exploran el ejercicio de la autoridad desde el ámbito de lo íntimo, empleando una rica variedad de recursos expositivos como la parodia, la introspección psicológica y el realismo, que aportan efectividad a las tramas y credibilidad a las historias  que se cuentan.


LMG Profesor, me llamó la atención en los relatos cortos la distancia que toma el narrador de los episodios violentos que narra, dejando que sea el lector quien juzgue esos hechos. ¿Cómo logró esa objetividad, tomando en cuenta que el contexto en que escribió esos trabajos fue el de los doce años de Balaguer?

JAA En todo cuento debe haber la mínima intromisión del escritor en lo que dice. Opinar, enjuiciar, moralizar, comentar, es lo peor que puede hacer un narrador de cuentos. Por el contrario, es el lector quien debe hacerse una idea de lo que se cuenta, a través de las palabras y no porque el narrador se lo sugiera o diga. En el caso de estos relatos, hay un antecedente ilustre que me sirvió de modelo, el libro Así en la paz como en la guerra, de Guillermo Cabrera Infante. Sus viñetas se refieren a la dictadura de Batista, y son así: breves, incisivas, objetivas. Yo quise hacer lo mismo con la realidad política dominicana de entonces, que era una realidad atroz, caracterizada por la represión política, para lo cual empleé un enfoque que fuera como una cámara moviéndose delante de un hecho, sin enjuiciar lo que se cuenta. ¿Cómo lo logré? Creo que ayudó mi formación de sociólogo, profesional que debe ser lo más objetivo posible cuando estudia una realidad.

Otro aspecto que llama la atención en estos relatos breves de José Alcántara es la referencia a la represión o el abuso de poder de manera contigua y no anecdótica o histórica, lo cual refuerza el carácter ficticio que distingue a la buena literatura, liberándola del anclaje de la realidad que la inspiró. En su obra Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea, la profesora de literatura y crítica literaria belga Rita De Maeseneer considera que una de las limitaciones de muchas de las obras dominicanas que tratan sobre la figura del dictador es su dependencia directa del hecho histórico, provocando confusión entre literatura e historia. Al respecto, propone narrar lo histórico desde el ámbito privado, tomando en consideración la intrahistoria, así como trabajar el tema histórico de manera tangencial. Esta sugerencia es relativamente reciente, pero José Alcántara ya la aplicaba a finales de los setenta en estos relatos que, gracias a ello, más de tres décadas después mantienen la misma actualidad que cuando fueron escritos.

Autoritarismo íntimo

Los otros cuentos que integran Testimonios y profanaciones, y que llamaremos cuentos largos para diferenciarlos de los relatos ya mencionados, echan una mirada crítica, mordaz, a la vida cotidiana de los individuos que componían aquella sociedad de los doce años de Balaguer. En una dictadura, no sólo los adversarios declarados sufren los efectos del autoritarismo, también los padecen los ciudadanos comunes que intentan hacer su vida al margen de lo político y que sin embargo no pueden substraerse al miedo, la coacción, la amenaza, que permean hasta sus actividades más íntimas. Es en ese ambiente de asfixia social, de control visceral del Estado sobre las personas, que se crea un universo doméstico reprimido con sus propias historias de censura, traición, deslealtad, abuso, sumisión, envilecimiento y vejación.

En estos cuentos largos, José Alcántara no menciona una sola vez al caudillo, pero sentimos su omnipresencia, por ejemplo, en “Crónica trivial de una fiesta íntima”, parodia sobre la clase media emergente, integrada por nuevos ricos maleducados e incultos, surgidos a golpe de oportunismo y malas artes. O en “Los demonios que habitan nuestros días”, una exploración desgarradora de la violencia en los barrios pobres de Santo Domingo, una visión cruda de la relación de dominación entre personas de las clases marginadas. Este cuento, una pieza maestra, se desarrolla en dos planos paralelos que, aunque independientes, dialogan entre sí, y siembra pistas o símbolos que hay que descifrar para comprender cabalmente lo que se cuenta.

JAA Es un cuento que me costó mucho trabajo escribir porque las dos historias que corren paralelas tienen relación, por los personajes que se mueven en una y otra; no es fácil escribir una historia tan larga donde el párrafo único es opresivo, y en ese cuento hay mucho de eso, el estilo llama a una sofocación, a una asfixia. Pienso que esta atmósfera opresiva quizás haya sido llevada a un extremo por el narrador, pero no es insólita, podía encontrarse en ese momento, ya que había mucha gente que llevaba una vida desesperanzada, donde la única alternativa que le quedaba al individuo era escaparse a través de esas prácticas: sexo, alcohol, prostitución, drogas.

LMG ¿Pudiera decirse que en el cuento “Con papá en casa de Madame Sophie”, además de la historia de tirantez entre un padre y su hijo, hay una denuncia al abuso de poder, una rebelión contra la autoridad, representada en el padre pero también en el Estado que asesina, el muchacho que viola, la ciudad que devora con su caos a los menos pudientes?

JAA Yo he estudiado muy a fondo a ese “ogro filantrópico” que es el Estado, como lo llamó Octavio Paz, sus implicaciones, su fuerza, que se impone más allá de cualquier voluntad individual, doblegándola, sometiéndola, en cualquier sistema, hasta en el más democrático, incluso. Sí, hay una crítica implícita no solo a la figura del padre sino a todo poder opresivo que nos hace hacer cosas que no queremos.

La literatura puede anticipar el surgimiento de sistemas criminales a partir de actitudes cotidianas de dominación o de señales de autoritarismo oficial, consentidas y celebradas por masas fascinadas con los símbolos de poder; o puede evocar esas señales y actitudes, dando testimonio sobre la barbarie y alertando sobre su malignidad, mediante el impacto que la obra de arte y sus cualidades estéticas puede provocar en la sensibilidad del lector. Esto último es lo que hace José Alcántara Almánzar en Testimonios y profanaciones: retratar desde la ficción, con uso impecable del lenguaje y utilización de recursos técnicos y creativos novedosos, el autoritarismo y sus odiosas secuelas en lo público y lo personal durante una etapa ominosa de nuestra historia reciente, logrando que sus textos superen el marco que les sirvió de referencia y se mantengan tan actuales que parecieran renacer cada vez a los ojos del lector, fieles a esa magia que sólo posee la literatura excepcional, a un tiempo comprometida y trascendente, valiente y maravillosa.

El autor es periodista y escritor


viernes, 18 de mayo de 2012

José Alcántara Almánzar y Andrés L. Mateo: "La civilización del espectáculo”


Estos dos intelectuales dominicanos hablan sobre la obra más reciente del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa

Por Luis Martín Gómez

Desde muchísimo antes de que ganara el Premio Nobel de Literatura, cualquier obra de Mario Vargas Llosa ha despertado gran interés. Sucedió con sus grandes novelas, como La casa verde, Conversación en la catedral o La guerra del fin del mundo; y con sus formidables ensayos, como El viaje a la ficción o La orgía perpetua. Su libro más reciente, La civilización del espectáculo, no ha sido excepción, y es leído con avidez por intelectuales, por sus seguidores y el público interesado en el tema de la cultura.

La civilización del espectáculo, título inspirado en el ensayo de Guy Debord, La sociedad del espectáculo, llama particularmente la atención porque propone una hipótesis provocadora: la desaparición de la cultura y su sustitución gradual por la diversión, a la que el autor le añade reiteradamente los apellidos banal y frívola. En palabras del propio Vargas Llosa durante una entrevista en Madrid en el programa La noche blanca que produce y conduce el escritor y periodista español Fernando Sánchez Dragó, “el concepto de cultura, que era muy claro e identificable, ha ido a lo largo de los últimos 30 ó 40 años ensanchándose para abarcar y representar tantas cosas a la vez, que hoy prácticamente no quiere decir nada (...) Todo es cultura y nada es cultura, porque ésta ha pasado a ser una forma de entretenimiento”.

Por la indudable importancia de esta obra y el gran prestigio de quien la escribió, hicimos un acercamiento a la misma con la ayuda de dos grandes intelectuales dominicanos, cuyo trabajo creativo y crítico ha sido reconocido con el Premio Nacional de Literatura: José Alcántara Almánzar y Andrés L. Mateo. Alcántara está totalmente de acuerdo con el planteamiento de Vargas Llosa; Mateo, lo acepta con reservas.

JAA Yo estoy de acuerdo, estamos viviendo un momento de completa transformación, de metamorfosis, de lo que conocemos como cultura que, en su noción tradicional, está en completa decadencia.

Alcántara culpa de ese descalabro a la economía de mercado, manera elegante de llamar al capitalismo y sus aciertos y atrocidades. El mercado, bueno porque satisface necesidades y malo porque las inventa hasta convertir al consumidor en súbdito que vive casi exclusivamente para mantener funcionando el sistema, en víctima de su eterna demanda de bienes que muchas veces no requiere, sería para Alcántara el banalizador por excelencia, en cuanto debe echar mano de la superficialidad, del facilismo, para poder llenar tanto deseo insatisfecho. “Ese imperio que es el mercado, auxiliado por la publicidad, ha influido en la trivialización de la cultura; fijémonos, si no, en la televisión, cuya programación, en su generalidad, carece de buen contenido”.
“Este es un grito de alerta de un escritor e intelectual que está viendo que lo que él hace se está desvalorizando cada vez más por la indiferencia y la apatía". José Alcántara Almánzar
Por su parte,  Andrés L. Mateo reconoce el proceso de banalización de la cultura que denuncia Vargas Llosa pero advierte una exageración en su preocupación por este fenómeno.

ALM Lo que en realidad está desapareciendo es la concepción de la cultura proveniente de la modernidad, porque en las condiciones del mundo posmoderno, que es el que vivimos, la cultura no puede seguir siendo lo que era.

Mateo indica que la banalización de la cultura y los aspectos de la vida que envuelve habría surgido con la expansión del aparato productivo posterior a la Segunda Guerra Mundial. “A la experiencia negativa que se vivió durante esa quiebra de la razón, le sobrevino un proceso de trivialización en el que lo importante para la gente era vivir, divertirse, gozar el espacio efímero de la existencia”. La industria del entretenimiento, fortalecida por medios de comunicación cada vez más poderosos, fue convirtiendo esta fuga de la realidad en una manera de ser que en la actualidad alcanza dimensiones planetarias. Este fenómeno se repetiría con la guerra de Vietnam y se potenciaría, acaso como una estrategia, durante la de Irak y de otras colaterales. ¿Estaría, entonces, alentando la banalización que mortifica a Vargas Llosa el mismo sistema que él defiende a capa y espada? Irónico.

Una obra menor

En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa parece evidenciar una visión estática de la cultura. Aunque considera exagerada la tesis de T.S. Eliot contenida en su obra Notas sobre la definición de la cultura, de 1948, por momentos da la impresión de que suscribe sus postulados, como la necesidad de las élites y la idea de que la democratización de la cultura solo se logra con su empobrecimiento. “La cultura debe ser de una minoría- dijo Vargas Llosa en la referida entrevista. Es un ideal democrático muy generoso el que la cultura llegue a todos, pero la realidad es que no puede llegar de la misma manera a todo el mundo”. 

Al respecto, Andrés L. Mateo sostiene que la cultura no es una esencia eternamente parecida a sí misma. “No puede serlo. Si uno concibe la noción de cultura como todo lo que vive, como todo lo que permite al ser humano transformar la naturaleza, entonces la cultura es siempre un siendo perpetuo. Y si bien es cierto que estamos ante una transformación profunda del concepto de cultura, ésta no apunta exclusivamente al proceso de banalización”.  José Alcántara, en cambio, no ve un anclaje decimonónico en la posición de Vargas Llosa, tomando en cuenta que él revisa las teorías del siglo XX, desde Eliot hasta la Cultura Mainstream de Frederic Martel. “Lo que sí tiene es una visión pesimista, dolida, de lo que está sucediendo con la cultura en nuestro tiempo”.
“En definitiva, no hay un valor absoluto que defina la banalización como único elemento característico de la posmodernidad”. Andrés L. Mateo
En su primera obra después de haber obtenido el Nobel, Vargas Llosa aborda la situación actual de la cultura con la propiedad y la claridad expositiva que lo caracterizan, argumentando deliciosamente sobre temas como el erotismo, la espiritualidad, la política y la comunicación. Uno echa de menos, sin embargo, el rigor académico y la riqueza de citas de sus otros ensayos, y nota que éste se trata de un largo discurso, interrumpido por artículos periodísticos que lo fueron prefigurando, sobre lo que se comenta acerca de la cultura en reuniones, la aulas, los medios de comunicación. ¿Están de acuerdo Alcántara y Mateo?

ALM Lo que ha hecho Vargas Llosa con la cultura es analizarla como una variable metafísica del mundo posmoderno, valorando únicamente el aspecto de la banalización que puede producirse a partir del uso segmentado de los medios de comunicación; pero no se puede hacer del debate de un proceso histórico en movimiento un análisis metafísico, porque entonces se privilegia un solo aspecto de un fenómeno que es mucho más complejo.

JAA Este es un libro de los que se hacen para descansar porque no es lo mismo escribir una novela como El sueño del celta, que seguramente le exigió a Vargas Llosa una profunda investigación y un gran esfuerzo creativo, que escribir un ensayo como éste, que se deriva de cosas que él ha venido escribiendo y pensando desde hace tiempo. No está atiborrado de citas porque no es un libro académico, sino un libro de un gran pensador y escritor que viene a ser un grito de alerta sobre lo que está pasando con la cultura.

El autor es periodita y escritor 

viernes, 4 de mayo de 2012

Pablo Jorge Mustonen: “Atrévanse a jugar con las palabras, con la vida”


Economista y escritor, autor del libro de cuentos Mar de recuerdos

Por Luis Martin Gomez

Igual que Funes el memorioso, inolvidable personaje de Jorge Luis Borges, Pablo Jorge Mustonen lo recuerda todo; por ejemplo, un cuaderno de su infancia, el dibujo de la portada, si el lomo era cosido o en espiral, el nombre de la empresa que lo fabricó, el tramo donde estaba almacenado en la tienda de su abuelo en Santiago, el color del almacén, su olor… Con esa memoria prodigiosa, Pablo fue construyendo lentamente, tal vez con demasiada lentitud, su primer libro de cuentos, que lleva un título que simboliza la cualidad memoriosa de este autor: Mar de recuerdos. Aunque ficcional, esta obra bordea lo autobiográfico, y quien tenga, como yo, una mínima información sobre Pablo, llega a confundir al autor con el personaje-narrador. Ese pasado tan presente en su memoria le permite recrear, con perfecta filigrana tempo-espacial, cuentos entrañablemente nostálgicos como Solamente nosotros.

PJM Ese cuento es del 1994; después de leer la que se cree fue la única entrevista concedida por William Faulkner, en la que dijo que un escritor, para transmitir una emoción,  debe escribir sobre lo que realmente conoce, decidí trabajar sobre mis recuerdos.

Pablo no sólo recurre a sus recuerdos de infancia y adolescencia sino también a la memoria de sus muchas lecturas y películas. Se sabe que el escritor, el artista en general, vive la realidad y también la imaginación, y ésta muchas veces le provoca estímulos más ricos que aquélla. Es probable que así naciera la idea del cuento Cartas al mar de tu recuerdo, poético homenaje a Francois Truffaut, uno de los grandes del cine.

PJM Siempre mantuve en secreto de quién se habla en ese cuento. Recuerdo que un amigo, gran pintor dominicano, me advirtió que ese texto era un plagio de la Tregua, de Mario Benedetti; pero luego, el ingeniero Luciano López, a quien dedico este trabajo, descubrió que el personaje a quien se refiere el cuento es Truffaut.

Pablo indica que en todo lo que escribe busca que el lector participe de alguna manera, completando la obra con sus propias lecturas, con su cultura o con su experiencia. “Ahora se hace fácil esta interacción porque basta meter una frase en google para dar con un dato, pero yo no quiero que la gente vaya a google para descubrir que hablo de Truffaut, prefiero que vea sus películas.

Los muchachos de Alcántara
Pablo Jorge Mustonen es fruto, junto con Luis Toirac y Aldo Iván Rodríguez, del Círculo Literario de la universidad INTEC que animaba José Alcántara Almánzar. Ellos tres, de hecho, parecen formar un grupo, no explícito, no formal, con una estética similar y temas comunes. Los distingue, entre otras cosas, el profundo conocimiento de la lengua, la pasión por la lectura y el amor por la música.

PJM Empezamos a escribir juntos.  Aldo y Luis ya se conocían desde la primaria y yo conocí a Luis en INTEC. Básicamente, nos reuníamos para leernos nuestros trabajos, para pulir nuestros textos.

En las obras de estos tres autores suena la música, a veces a todo volumen, en ocasiones de fondo: Keith Jarrett, Pat Metheny, Charlie Parker, Art Tatum, Cat Stevens… También es común en ellos, casi un signo de identidad, el uso de epígrafes o citas como aperitivo al texto que anteceden, como homenaje a algún autor, o como guiño cómplice entre ellos o a amigos con los que comparten libros y vivencias.

Toirac y Rodríguez ya me han contado por separado cómo influyó el Círculo de INTEC en su vocación literaria; es el turno de Pablo:

PJM Me ayudó con la lectura y me proporcionó un espacio para lo que realmente yo quería hacer, que era literatura.

Pablo cuenta que en una prueba psicológica que le hicieron en el Colegio de la Salle, para orientarlo sobre cuál carrera universitaria le convendría cursar, le sugirieron que su primera alternativa era filosofía y letras y que la segunda era economía. “Pero pensé que sería descabellado estudiar literatura en aquel tiempo y me incliné por la economía, también un poco para complacer los deseos de la familia. Y un día, en INTEC, vi un letrero (que diseñaba Otto Coro) invitando a integrarse al círculo, y entré”.

Pablo se confiesa cortazariano. La influencia de este escritor argentino se nota en textos como Temblor, La señorita Sal Azar, Oscuridad y Sesión de noche. Sin embargo, se inspiró en un recurso de Umberto Eco para construir ese testamento sentimental titulado The First Kiss, en el que se insinúan con iniciales los nombres de personas reales.

PJM En El péndulo de Foucault , Eco propone un alfabeto con el que si uno quiere referirse, por ejemplo, a una persona cuyo nombre comienza con la letra “f”, utiliza la letra inmediatamente anterior, o bien, la inmediatamente posterior. En base a esto, empleé iniciales para referirme a personas de carne y hueso, pero en mi caso usé las iniciales reales, de manera que cada persona sugerida puede reconocerse al leer mi cuento. 

Tal vez por esa y otras complejidades, y sin dudas por su perfeccionismo, a Pablo Jorge Mustonen le tomó mucho escribir este libro, y varios años más decidir su publicación. ¿Qué lo impulsó a darlo finalmente a imprenta?

PJM  Mi siempre querido amigo Luis Toirac me dijo: “Pablo, ya casi cumples 50 años, y cuando llegues a esa edad vas a querer hacerlo todo a la vez y no te va a dar tiempo”… Además, yo conocía aquel epígrafe utilizado por Borges en uno de sus libros que habla de que publicamos los libros para no pasarnos la vida corrigiéndolos.

Impactado por esta experiencia, Pablo se anima a aconsejar a los nuevos escritores. “No sean tan severos consigo mismos, disfruten el acto de escribir como se disfruta el acto de leer, atrévanse a jugar con las palabras, con la vida”.

Es probable que esta primera obra le dé a Pablo la confianza  para sacar en menos tiempo su próximo trabajo. Porque él ya tiene los demás elementos a su favor: sensibilidad artística, conocimiento de la lengua, disciplina, y sobre todo memoria, una extraordinaria memoria que, como Ireneo Funes, posee “más recuerdos que todos los hombres desde que el mundo es mundo”.

El autor es periodista y escritor
Entrevista en video disponible en www.youtube.com/yolayelou y 
http://vimeo.com/41207820

jueves, 23 de febrero de 2012

Presentan Umbral de milenio, una antologia de cuentos dominicanos

Durante la XXI Feria Internacional del Libro Cuba 2012, la editorial cubana Arte y Literatura puso en circulación Umbral de milenio, una antología de cuentos de autores dominicanos, compilada por la poeta y narradora Chiqui Vicioso.

La presentación de la obra se realizo en la sala Nicolás Guillén, de la Fortaleza San Carlos de la Cabana, con la presencia de Abel Prieto, ministro de Cultura de Cuba, y los vicepresidentes del Instituto Cubano del Libro, Aida Bahr y Juan Rodríguez Cabrera.

Angela Hernandez, Emelda Ramos, Chiqui Vicioso, Jeannette Miller y Maria Luisa Sanchez (recientemente fallecida), fueron las cuentistas seleccionadas, abarcando las provincias de Salcedo, Jarabacoa, Santiago y Santo Domingo.  Por otra parte, el maestro Marcio Veloz Maggiolo, Jose Alcantara Almanzar, Luis Arambilet, Cesar Zapata y Luis Martin Gomez, componen la seleccion masculina de la antología.

En el volumen no existe un orden cronológico, ni tampoco tendencias narrativas y cuenta con un excelente prólogo de Vitalina Alfonso. En este libro los lectores tendrán la oportunidad de encontrarse con un abanico de temas y configuraciones propias de las diferentes promociones de narradores surgidos desde la década de los sesenta hasta bien avanzada la de los noventa del siglo pasado en República Dominicana.

La lectura de los relatos logrará establecer la necesidad del encuentro con una mayor cantidad de escritores de otros registros narrativos, si se parte de la historia literaria de esta nación, de donde han llegado aires de buena literatura.

La presencia de cuatro mujeres le da a la selección esa nota que hace creer en las notorias vivencias llevadas a la escritura, en la que se multiplican y se convierten en el centro de un universo, donde solo pueden habitar las mujeres.

Chiqui Vicioso, haciendo honor al carisma que la caracteriza, no quiso dar por terminado su contacto con el público, sin antes leerle uno de los textos, que como es lógico, no leyó hasta el final, para dejarlo en suspenso con el objetivo de despertar mayor interés de los lectores.


Fuente:http://feriadellibro.cubaliteraria.cu/noticia.php?idnoticia=800

sábado, 2 de julio de 2011

Luis Toirac:“El círculo del INTEC me ayudó a disciplinarme”



Por Luis Martin Gómez
Narrador y poeta, autor de La hiedra interior y Las ramas del viento
Iba disfrutando los textos de uno de los libros mejor escrito que he leído en los últimos tiempos y cuando terminé el que se titula Sobrevolando el cráter, páginas 93 a 95, debí ponerme en pie por la emoción. Luego me ganó ese sentimiento mezquino del artista que envidia la excelencia del otro y que se deja entrever en la pregunta: “¿Y por qué no fui yo quien hizo esa obra?”; tras lo cual, debí practicar unos ejercicios espirituales que me ayudaron a recuperar la calma y me devolvieron la esperanza de lograr alguna vez unas líneas similares a las escritas por Luis Toirac en su segundo libro Las ramas del viento.

LMG Tu amigo escritor residente en Chile Aldo Iván Rodríguez dice en el prólogo que tu libro es “ese momento irrepetible cuando miraste por una ventanilla (...) y viste eso que fue solamente para ti”; y el escritor y crítico José Alcántara Almánzar admitió en la puesta en circulación realizada en el Banco Central no estar seguro de si los textos que componen Las ramas del viento son cuento, relato o prosa poética; tú que eres el autor, ¿qué dices que son?

LT Si te soy sincero, ni yo estoy seguro de lo que son. Pero de esos comentarios generosos de Aldo Iván y de José se desprende una intención de narrar un evento, un rostro, una escena de una novela o de una película, que provoca una serie de sensaciones instantáneas que yo busco rescatar y transmitir. Creo que el libro es una mezcla porque tiene dos partes, la primera contiene narraciones, cuentos, microcuentos, y la segunda es propiamente prosa poética. En la primera parte, lo poético sucede, simplemente, no es algo intencional; en la segunda, en cambio, la poesía busca un lugar a través de la prosa.

Toirac es de la ‘escuadra’ de José Alcántara, una especie de Jack Veneno de la literatura, campeón de la bolita del mundo y el potecito de sangre, con un discipulado numeroso fruto de su largo ejercicio como profesor y de su excelente labor como animador literario a través del ahora legendario Círculo Literario de la Universidad INTEC. Se puede decir que Toirac formaría, junto a Pablo Jorge Mustonen y Aldo Iván Rodríguez, todos egresados del INTEC, un grupo (no articulado) con una estética similar, consecuencia de lecturas comunes, música escuchada en reuniones, y películas compartidas con pizzas y gaseosas.

LMG ¿Cómo influyó en tu decisión de ser escritor el haber pertenecido al Círculo Literario de INTEC liderado por José Alcántara?

LT Para mi tuvo una importancia capital porque ese mundo que se creó entorno a la literatura, integrado por compañeros de diferentes carreras, me sirvió para contrastar lecturas y textos, para disciplinarme, porque allí íbamos a disfrutar pero también había un método, un rigor (todos los que conocen a José Alcántara saben de lo que estoy hablando); recuerdo esa experiencia muy gratamente, porque hasta entonces yo había escrito algo en el bachillerato, había leído algunas cosas, especialmente ciencia ficción; pero asumir la literatura seriamente, empezar a escribir con criterio, como tuve la oportunidad de hacer en el círculo, me sirvió como zapata para el trabajo que he venido haciendo después en cuento y poesía.

Ya e’ le lía...

Igual que sus amigos Aldo Iván y Pablo Jorge, Luis Toirac tiene predilección por los epígrafes. Tanto los usó en Las ramas del viento, que al final del libro les dedicó tres páginas para traducirlos.

LT Debo reconocer que tengo esa manía. Pienso que los epígrafes son una clave para el texto. Muchos no son referentes literarios sino musicales, del rock de los 60 y 70, y operan como una llave que abre una puerta y marca el inicio a una próxima lectura. En algunos casos se trata de una complicidad con otro escritor o con alguien de la familia o un amigo; pueden ser citas de uno de mis hijos, o de mi esposa, o de un amigo cercano.

En su libro, Toirac incluye citas de Poe, Bradbury, Borges, Mishima, Rueda, Neruda... ninguna de las cuales logra superar a la anónima “ya e’ le lía...” Explícame.

LT Eso era lo que decía textualmente mi hijo Liam Ernesto cuando se levantaba en las mañanas, siendo pequeño. “Ya e’ le lía” significa “ya es de día” y quiere decir “hay que levantarse, qué hacemos acostados si ya salió el sol”, lo cual podía suceder a las cinco y cuarenticinco o a las seis de la mañana de un sábado o de un domingo. Y nada, que había que tirarse de la cama, para lo cual tuvimos que crear turnos, aunque a veces no había escapatoria, todos teníamos que levantarnos a jugar.

Winston y Montag

La poesía está presente en los textos de Toirac, casi siempre adrede, a veces subrepticiamente; también lo inesperado dentro de la cotidianidad, lo maravilloso que se cuela en la rutina, a la manera de Ray Bradbury, autor estadounidense a quien rinde homenaje, junto a George Orwell, en el texto Winston y Montag. ¿Te marcaron?

LT Uno quisiera estar influenciado por algunos autores. En mi caso, Poe, por ejemplo, y Bradbury, uno de cuyos libros: Fahrenheit 451, me hizo buscar otros libros y autores similares, como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, razón por la cual ese cuento titulado Winston y Montag tiene un entramado entre los dos protagonistas de esas dos obras, Fahrenheit 451 y 1984. También me marcaron Cortázar, García Márquez, Borges, Bioy Casares, y Hermann Hesse, autor muy importante para mí que tiene muchos cuentos que me influyeron, no tanto por la técnica sino por los temas, por los personajes, que me dieron pautas de lo que había que hacer para mejorar el mundo.

Durante la entrevista, realizada en el segundo piso de librería Cuesta, Luis Toirac fue tejiendo con banditas de goma una red multicolor. Terminada la conversación, bajó riendo y dando saltos detrás de un zumbador que libaba en la portada de Las flores del mal, cinco pasillos más allá del área infantil donde unos niños hacían cosquillas a un unicornio.

El autor es periodista y escritor
Entrevista en video disponible en
www.youtube.com/yolayelou