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sábado, 22 de junio de 2013

Rafael Molina Morillo: “La amenaza a la libertad de expresión está en los mismos periodistas”

Periodista, abogado, diplomático, ex presidente de la SIP, director de El Día


Por Luis Martin Gómez

Don Rafael Molina Morillo no se llevó del consejo de don Pepín Corripio y debió regresar al periodismo. La anécdota es esta: cuando don Pepín le compró a don Rafael las acciones de Publicaciones ¡Ahora!, le advirtió que se cuidara de los “amigos” que aparecerían mágicamente para proponerle proyectos maravillosos en los cuales invertir el dinero de esa venta. Don Rafael confió en esos “socios” que sólo ponían las ideas, y tras la incursión en una mina de calcita, una industria de leche y jugos, una financiera, y por poco, en la importación de avestruces de Sudáfrica; se quedó sin un céntimo y sin su sueño de retirarse a descansar en Jarabacoa.

RMM Me preguntan por qué  revelo algunas cosas, por qué admito que fracasé; pienso que conviene de vez en cuando dar una recordadita a los malos pasos, a los errores, porque son enseñanzas que hay que tener presente en la vida.

Su fracaso como empresario por exceso de confianza, le devolvió al país, no sin mucho sacrificio para él y su familia, al gran periodista que es. Sin lisonjas, porque no las necesita, se puede afirmar que don Rafael es historia viva de lo mejor del periodismo dominicano de los últimos sesenta años, leyenda activa que desafía los cambios vertiginosos de paradigmas y marca el rumbo de integridad a las nuevas generaciones de periodistas.

Ha sido testigo y cronista de una dictadura sangrienta, de otra asordinada, y de algo más de cinco gobiernos en los que la democracia se ha ido estableciendo a fuerza de  marchas de avance y retroceso. De ese largo trayecto, que comenzó con un periódico casero inspirado en la revista argentina Billiken y se ha coronado con la dirección de los más prestigiosos medios nacionales, da constancia en su libro de memorias Mis recuerdos imborrables.

LMG Salió airoso de la dictadura de Trujillo y de los Doce años de Balaguer, cuando era muy difícil hacer periodismo responsable, como el que usted ejerce, ¿cuál fue su secreto?

RMM El secreto no es secreto, cualquiera lo puede descubrir. Se trata de actuar con respeto a uno mismo y a los demás, con responsabilidad, sin buscar ventajas o prebendas a cambio de lo que uno escribe o dice. Creo que esa es la clave: hacer lo correcto, o lo que uno cree que es correcto, respetar las opiniones de los demás, porque puede ser que uno esté equivocado, pero si uno está equivocado, que sea de buena fe.

Anselmo,  Bosch

En Mis recuerdos imborrables, memorias narradas con una prosa correctísima y amena, Molina Morillo pasa revista a sus relaciones con los principales políticos dominicanos de las últimas décadas y con destacadas figuras del periodismo y de la cultura del país y del extranjero. De esos relatos, llaman particularmente la atención su amistad con Anselmo Paulino y el rompimiento con el profesor Juan Bosch.
Don Rafael conoció a Anselmo Paulino, hombre de confianza de Trujillo, durante el viaje que hizo el dictador a España. Molina Morillo se encontraba en Madrid estudiando periodismo y cubrió esta visita para El Caribe, periódico del régimen que exigía que las notas y fotos fueran revisadas y aprobadas por Paulino.

RMM Yo había escuchado decir que Anselmo era un hombre groserísimo, que daba patadas e insultaba a la gente. En cambio, yo recibí de él un trato considerado, respetuoso, yo diría que hasta cariñoso; nunca me dijo una palabra descompuesta, nunca lo vi en una de esas actitudes que se atribuían. Con esto no quiero decir que no lo fuera, pero esa parte de la historia yo no la viví. Después de la muerte de Trujillo, cuando Anselmo venía de visita al país, él me buscaba y yo a él, hicimos una buena amistad.

“Los medios de comunicación requieren grandes inversiones para funcionar, y un manejo empresarial; un medio no puede manejarse románticamente porque desaparece”.

Uno de los momentos que don Rafael más lamenta en sus memorias es la enemistad con el profesor Juan Bosch, a quien había apoyado en el periódico y la revista con la publicación de artículos y con la edición de trabajos fundamentales en la bibliografía de don Juan, como La dictadura con respaldo popular o El pentagonismo, sustituto del imperialismo.

RMM Bosch y yo teníamos una amistad muy profunda. Pero en una ocasión nuestras opiniones no coincidieron y él reaccionó como si fuera el propietario de mis medios. Me envió una carta con Euclides Gutiérrez en la que prácticamente me regañaba. Yo no quise recibirla para no tener que contestarla, pero ante la insistencia de Euclides, la recibí y tuve que responderla a través de un editorial. Se rompieron las relaciones al punto que en los actos públicos evitábamos vernos. Fue una pena y yo le sigo teniendo mucho respeto a su memoria, a su labor, a su obra literaria.

“Hay muchos medios muy superficiales, pero también están ahí los que no son superficiales. Es cuestión de cuál escoge cada uno. Y ese temor de que la digitalización va a reemplazar los medios de papel tradicionales, a mi no me preocupa, pues lo mismo pasó con la radio y la televisión”.

Imposible hablar con Rafael Molina Morillo y no tratar el tema de la libertad de prensa. El tiene toda la autoridad para abordarlo, por su condición de ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa y por su propio ejercicio profesional, valiente y honesto.

En la actualidad, salvo anacrónicas excepciones, la amenaza al periodismo ya no parece provenir de las dictaduras sino de las exigencias del mercado. La censura guardaría una relación proporcional  al éxito comercial del medio, o a los requerimientos políticos del empresario o el grupo empresarial que lo sustenta.
 
RMM La verdadera amenaza a la libertad de expresión en estos momentos está en nosotros mismos los periodistas, está en la ética periodística, que viene sufriendo grandes embates. Hay que abogar porque haya muchos medios diferentes para que el ciudadano pueda elegir a quién le cree, quién le inspira confianza. Eso es saludable y el mejor antídoto contra el uso incorrecto de los medios.

El autor es periodista y escritor
Entrevista en video disponible en www.youtube.com/yolayelou

jueves, 5 de julio de 2012

Palabras de presentación del libro Testimonios y profanaciones


Por Luis Martin Gómez

Uno de los inconvenientes que tenemos los ciudadanos dominicanos con nuestros políticos es que casi siempre se quieren quedar con el poder, y cuando por fin se van, el retorno se convierte para ellos en una cuestión de vida o muerte que refleja la veta obsesiva de su personalidad, regularmente afectada por otros problemas psicológicos, pero especialmente por la esquizofrenia paranoide, esa que según los manuales, potencia el egocentrismo y produce pérdida de contacto con la realidad. Sospecho que, politizados hasta los tuétanos como estamos, debemos estar haciendo asociaciones con el presente o el pasado reciente, en cuyo  caso propongo que retrocedamos veinte años atrás, para incluir a todas las preferencias partidarias dignamente representadas en este acto.
Ese apego pasional al poder viene de lejos y parece un mal hereditario. Escojo un ejemplo que me parece le viene muy bien al caso: el del presidente Horacio Vásquez en el primer tercio del siglo pasado. De acuerdo con el historiador Juan Daniel Balcácer en su obra Trujillo: El tiranicidio de 1961 (1), Horacio Vásquez, para forzar la prolongación de su mandato que concluía legalmente en 1928, maniobró para que el congreso de entonces no solo extendiera su cargo hasta 1930 sino también que restituyera la reelección presidencial, que ya había sido prohibida en la nueva constitución de 1924. Balcácer señala que algo similar había ocurrido con Santana en 1844, con Báez en 1865, con Lilís en 1887, y con un reguero de caudillos de menor importancia, durante el período comprendido entre la Independencia Nacional y la primera ocupación norteamericana a nuestro país.
Con Rafael Trujillo se produjo una larga pausa en esta práctica marrullera de desconocer los juramentos solemnes de “cumplir y hacer cumplir las leyes”, porque Trujillo, como todo dictador que se respete, impuso su voluntad a sangre y fuego, a dinero y sexo. Tras tres décadas de represión y abusos, murió –como sabemos- de causas naturales, es decir, a consecuencia de varios balazos, final naturalmente destinado a estos respetables señores, salvo a Fidel Castro, que da la impresión de que terminará sus días por vejez o por alzaimer, o ambas cosas a la vez.
Trujillo habría sido el último caudillo, según don Juan Bosch, pero Balcácer añade a la infame lista a Joaquín Balaguer, apologista del tirano mientras le fue conveniente, y luego reproductor oportunista de sus métodos, con variantes de inspiración propia que fueron conformando una antología de lo grotesco. Hay un mar de tinta disponible para describir, cuando alguna vez lleguen a su fin las colindancias políticas actuales, las tropelías del llamado “déspota ilustrado”; que baste, por el momento y para entrar en la materia que nos ocupa, mencionar algunos aspectos del régimen de los doce años que nos ayuden a recordar las características de este tiranuelo santificado gracias a las coyunturas electorales; a saber: debilitamiento intencional de las instituciones, porque es más fácil practicar el personalismo allí donde impera el caos y la burocracia se vuelve inoperante; clientelismo, como mecanismo de soborno para comprar favores y generar lealtades; corrupción generalizada, que facilitó la creación de grupos de poder amparados por la impunidad; y violación de los derechos humanos, que tuvo sus expresiones más evidentes en el encarcelamiento y asesinato de adversarios. Años después, y sobre la sangre derramada, los adversarios que sobrevivieron nombraron a Balaguer Padre de la democracia, porque no podía faltarle un título falso a este colega aventajado de Pedro Santana, El libertador de la Patria, de Buenaventura Báez, El gran ciudadano, de Ulises Heureaux, El pacificador de la Patria, y por supuesto de Rafael Trujillo, Generalísimo, Benefactor y Padre de la Patria nueva.
En 1978, último año de esa dictadura con sordina que fue el balaguerato, José Alcántara Almánzar publicó Testimonios y profanaciones (2), su cuarto libro hasta ese momento, tercero de cuentos, en el que trabajó en dos direcciones claramente diferenciadas y sin embargo intercomunicadas mediante el tratamiento del autoritarismo en sus diversas manifestaciones. Por un lado, el libro contiene relatos breves que presentan distintas situaciones de abuso de autoridad enfocadas desde los puntos de vista social y político; y por otro, ofrece cuentos que exploran el ejercicio de la autoridad desde el ámbito de lo íntimo, empleando una rica variedad de recursos expositivos, como la parodia, la introspección psicológica y el realismo, que aportan efectividad a las tramas y credibilidad a las historias  que se cuentan.
Los relatos breves, inspirados (según testimonio del propio autor) en unas piezas similares del libro Así en la paz como en la guerra, del cubano Guillermo Cabrera Infante, describen, como si se tratara de una cámara cinematográfica que registrara fríamente lo que se produce ante ella, escenas de un desalojo de un barrio, abusos contra cortadores de caña haitianos, represión contra obreros que reclaman prestaciones, el asesinato de un guerrillero que ha sido acorralado, casos de corrupción en una empresa pública, y la ejecución extra-judicial de ladrones comunes a quienes etiquetan convenientemente de comunistas. Dos cosas llaman la atención en estos relatos: primera, la toma de distancia del narrador sobre aquello que narra, ese situarse en la acera de enfrente a observar impasible lo que ocurre, sin mostrar emoción, sin tomar partido, pretendiendo una objetividad que es posible simular en literatura; y segunda, la referencia a la represión o el abuso de poder de manera contigua y no anecdótica o histórica, lo cual refuerza el carácter ficticio que distingue a la buena literatura, liberándola del anclaje de la realidad que la inspiró.
En su obra Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea (3), la profesora de literatura y crítica literaria belga Rita De Maeseneer considera que una de las limitaciones de muchas de las obras dominicanas que tratan sobre la figura del dictador es su dependencia directa del hecho histórico, provocando confusión entre literatura e historia. Al respecto, propone narrar lo histórico desde el ámbito privado, tomando en consideración la intrahistoria, así como trabajar el tema histórico de manera tangencial. Esta sugerencia es relativamente reciente, pero José Alcántara ya la aplicaba a finales de los setenta en estos relatos que, gracias a ello, más de tres décadas después mantienen la misma actualidad que cuando fueron escritos. Esa transcendencia, esa universalidad, es una de las características de la literatura de calidad, como la que escribe José Alcántara Almánzar.
Los otros cuentos que integran Testimonios y profanaciones, y que llamaremos cuentos largos para diferenciarlos de los relatos ya mencionados, echan una mirada crítica, mordaz, a la vida cotidiana de los individuos que componían aquella sociedad de los llamados “doce años” de Balaguer. En una dictadura, no sólo los adversarios declarados sufren los efectos del autoritarismo; también los padecen los ciudadanos comunes que intentan hacer su vida al margen de lo político y que sin embargo no pueden substraerse al miedo, la coacción, la amenaza, que permean hasta sus actividades más íntimas. Es en ese ambiente de asfixia social, de control visceral del Estado sobre las personas, que se crea un universo doméstico reprimido con sus propias historias de censura, traición, deslealtad, abuso, sumisión, envilecimiento y vejación. En estos cuentos largos, José Alcántara no menciona una sola vez al caudillo, pero sentimos su omnipresencia, por ejemplo, en “Crónica trivial de una fiesta íntima”, parodia sobre la clase media emergente, integrada por nuevos ricos maleducados e incultos, surgidos a golpe de oportunismo y malas artes. Usando una mezcla sucesiva de planos que van imbricando en ritmo creciente las estrambóticas  historias de un general y su esposa, un alto funcionario y su pareja, un industrial y su novia y una cronista y su perro pequinés; este cuento retrata la banalidad de un sector de la sociedad con tendencia al individualismo, al egoísmo, y que reproduce en su pequeña escala el culto a la personalidad que le llega por gravedad desde las altas esferas del poder, una pedantería que actualmente alcanza el paroxismo en las revistas sociales y de farándula.
El reverso de esta moneda es el cuento “Los demonios que habitan nuestros días”, una exploración desgarradora de la violencia en los barrios pobres de Santo Domingo, una visión cruda de la relación de dominación entre personas de las clases marginadas. Si en “Crónica trivial de una fiesta íntima” el autor muestra las miserias espirituales del nuevo rico, en “Los demonios que habitan nuestros días” presenta los vicios del pobre, su indiferencia ante el dolor ajeno, la propensión a disfrutar el momento sin medir las consecuencias de sus actos. Tal como lo amerita el tema, el tono utilizado es sobrio y el estilo empleado es el realismo, pero no el social-soez que gana premios internacionales y ha ido creando escuela entre seudo-rebeldes que no alcanzan a entender la rebeldía en su auténtica esencia, sino uno que permite que sean la historia y los personajes los que estremezcan la sensibilidad del lector. El cuento se desarrolla en dos planos paralelos que, aunque independientes, dialogan entre sí, y siembra pistas o símbolos que hay que descifrar para comprender cabalmente lo que se cuenta. Sin darle más vueltas, este cuento es una pieza maestra, una joya de la técnica de este género literario, que curiosamente no ha recibido tanta atención de la crítica ni ha sido tan antologada como el cuento “Con papá en casa de madame Sophie”. En éste, José Alcántara lleva la metáfora del autoritarismo al plano más íntimo y personal posible: el momento de la iniciación sexual de un adolescente fruto de la imposición de su padre. La simbología del tema llega a su punto más alto en el papel dominador del padre, quien decide el momento, el lugar y la prostituta con que deberá ocurrir esta primera fornicación cuyo objetivo, para más señas, es que “el hijo se haga un hombre”; y en la actitud de sumisión del hijo, quien obedece, no protesta y al final debe auxiliar al padre, paradójicamente impedido, por la edad y el alcoholismo, de demostrar su virilidad. Este cuento, con el que Alcántara demuestra cabalmente su magistral manejo de la psicología de sus personajes, remite a la tirante relación del escritor Franz Kafka y su padre, que el célebre autor checo recreó en su obra literaria y de la cual dejó doloroso testimonio en su copiosa correspondencia.
De vivir en nuestros días, Kafka hubiera sido un fanático usuario de las redes sociales, sobre todo del e-mail, pues escribía muchas cartas y muy largas. Tal era su afición a la correspondencia, que escribió 90 cartas a una misma mujer en un período de solo 2 meses (carta y media por día, en promedio) y a otra mujer le llegó a enviar 130 cartas en 5 meses (casi una carta diaria) (4). Muchas de esas cartas revelan interesantes aspectos de la compleja personalidad de Kafka, pero una en particular muestra claramente el terrible drama de su relación con su padre y explicaría muchos de sus problemas de inseguridad, temor y angustia: se trata de La carta al padre (5).
En 100 páginas manuscritas, 45 mecanografiadas, Kafka reclama a su padre la forma autoritaria en que condujo a su familia, especialmente a él, a quien recriminó todo el tiempo por su oficio de escritor, su profesión de abogado y hasta las parejas que eligió y con las que no llegó a casarse. “Era suficiente sentirse feliz por cualquier cosa, absorto en ella, llegar a casa y expresarla, y como respuesta obtener un suspiro irónico, un movimiento de cabeza, un golpeteo de los dedos en la mesa (como diciendo) “he visto cosas mejores” o “ya quisiera yo que esos fueran mis problemas”, escribe amargamente Kafka en su carta, confesando que eran tantos los vejámenes que recibía de su padre, que decidió no hablar, y que tartamudeaba cuando finalmente se atrevía a hacerlo.
Esa traumática experiencia familiar de Kafka se percibe en algunas de sus obras, por ejemplo, en su novela El proceso, donde el protagonista es acusado y llevado a juicio sin que nunca se sepa por qué ni por quién; y en la novela El castillo, en la que el personaje principal nunca logra entrar a la fortaleza, repelido por una fuerza oculta que no ve ni comprende. Según Peter Watson, en Historia intelectual del siglo XX, esa sensación de sometimiento ante un poder abarcador e invencible presente en los textos de Kafka habría prefigurado el fascismo y el nazismo, las más sangrientas manifestaciones de autoritarismo de los últimos cien años.
La literatura, entonces, puede anticipar el surgimiento de sistemas criminales a partir de actitudes cotidianas de dominación o de señales de autoritarismo oficial consentidas y celebradas por masas fascinadas con los símbolos de poder; o puede evocar esas señales y actitudes, dando testimonio sobre la barbarie y alertando sobre su malignidad, mediante el impacto que la obra de arte y sus cualidades estéticas puede provocar en la sensibilidad del lector. Esto último es lo que hace José Alcántara Almánzar en Testimonios y profanaciones: retratar desde la ficción, con uso impecable del lenguaje y utilización de recursos técnicos y creativos novedosos, el autoritarismo y sus odiosas secuelas en lo público y lo personal durante una etapa ominosa de nuestra historia reciente, logrando que sus textos superen el marco que les sirvió de referencia y se mantengan tan actuales que parecieran haber sido escritos esta misma tarde, que parecieran renacer cada vez a los ojos del lector, fieles a esa magia que sólo posee la literatura excepcional, a un tiempo comprometida y trascendente, valiente y maravillosa.
Muchas gracias.

Referencias:
1. Juan Daniel Balcácer: Trujillo, el tiranicidio de 1961. Taurus, Santo Domingo, 2007, segunda edición.
2. José Alcántara Almánzar: Testimonios y profanaciones. Editorial Santuario, Santo Domingo, 2012, segunda edición.
3. Rita De Maeseneer: Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea. Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 2011, primera edición.
4. Peter Watson: Historia intelectual del siglo XX. Editorial Crítica, Barcelona, 2010, tercera impresión.
5. Franz Kafka: Carta al padre. Editorial Concepto, México, 1989, primera reimpresión. 


viernes, 16 de marzo de 2012

Miguel Reyes: “Vivimos de espaldas al mar”

Doctor en derecho, diplomático y escritor, autor de Océanos de tinta y papel y otras treinta obras

Por Luis Martin Gómez

La Yola amarilla nunca estuvo más en sus aguas que con este libro de Miguel Reyes: Océanos de tinta y papel, una historia de la navegación y del desarrollo marítimo dominicano, con el que Agencias Navieras B&R ha conmemorado su 90 aniversario.

Esta obra, excelentemente diseñada e impecablemente impresa, es una fascinante travesía que inicia hace 42 mil años en Australia con una balsa rudimentaria y atraca con un trasatlántico de última tecnología en los puertos dominicanos actuales.

Por la profusión de datos, fotografías, ilustraciones y mapas que contiene, este libro será un festín para los amantes de la navegación, y debería serlo también para todos los dominicanos, isleños que extrañamente miramos al mar con indiferencia, cuando se nos ocurre mirarlo.

MR Es que vivimos de espaldas al mar. Fíjate que en el malecón de Santo Domingo solemos sentarnos mirando hacia la ciudad y no al agua.

Miguel Reyes atribuye esta actitud a la falta de conciencia del dominicano sobre las riquezas marinas, asociada a la ausencia casi absoluta del tema en el currículo educativo nacional. “En Tuvalu, por ejemplo, conjunto de pequeñas islas localizadas en el Pacífico, sus poco más de 10 mil habitantes alquilan su mar para la pesca y en la escuela imparten materias relacionadas con el mar”.

Lo curioso es que, no obstante nuestro marcado desinterés por el mar, República Dominicana tuvo una de las más grandes flotas mercantes de Latinoamérica, que comenzó  en el siglo XIX con un puñado de goletas, bergantines y balandros, y llegó a tener numerosos buques, hasta mediados del siglo XX.

MR La flota fue abandonada gradualmente, en parte porque se asociaba mucho al nombre de Trujillo, le decían “la flota del dictador”. Finalmente, en la postrimería del llamado período de los doce años, la flota colapsó, pese a los esfuerzos del presidente Balaguer por reactivarla a través de incentivos y subsidios.

El yate Angelita

Océanos de tinta y papel “surca” cuatro grandes temas: Los precursores de la navegación, desde la balsa a las carabelas; Las rutas marítimas, circunvalaciones y grandes exploraciones; Vísperas de conquista y dominio de los mares; y Desarrollo marítimo de la República Dominicana. En esta vastedad temática,  desplegada amenamente a lo largo de 367 páginas de gran formato, algunos asuntos llaman especialmente la atención, como el Arca de Noé, la construcción antigua más famosa, sin dudas por la difusión bíblica de esta nave y su papel protagónico en un evento divino que revela la naturaleza vengativa de un dios irascible y poco paciente con el desempeño de su creación.

LMG ¿Crees que existió o es una recreación hebrea de un mito sumerio?

MR Para mí existió. En el monte Ararat, al Este de Turquía, se han encontrado fragmentos de lo que pudo haber sido una gran barcaza, con longitudes que se asemejan a las indicadas en la Biblia. Claro, hay que tomar en cuenta que la Biblia fue escrita por hombres que mezclaron hechos reales con sentimientos espirituales,  por lo que, aunque no se sostiene aquello de que Noé embarcó una  pareja de cada especie (el Arca medía, según el Génesis, 135 metros de largo por 22.5 de ancho y 13.5 de alto), sí es probable que un grupo humano construyera esta nave para sobrevivir a maremotos o inundaciones.

Una información que rompe dogmas históricos reseñada por Miguel Reyes en su libro es la hipótesis del descubrimiento de América expuesta por Gavin Menzies en su obra 1421, según la cual, el navegante chino Zheng He habría llegado al nuevo continente  71 años antes que Cristóbal Colón.

MR Menzies apoya su idea en el mapa realizado por Zheng He en el que se ilustraba la redondez de la tierra y se veía claramente lo que hoy es el continente americano. Este mapa fue comprado en la India por mercaderes venecianos que luego se lo facilitaron a Colón, lo que quiere decir que cuando el Almirante zarpó desde España ya sabía que la tierra era redonda y que existían nuevas tierras en dirección Oeste. La desventaja del navegante chino fue que no difundió su descubrimiento ni colonizó las tierras encontradas, como hicieron Colón y la corona española.

En Océanos de tinta y papel, que representó para Miguel Reyes la consulta de más de cien obras y la visita a varias bibliotecas en el extranjero,  hay muchos otros aspectos llamativos, como la habilidad marítima de los fenicios, el aporte de los piratas al avance de la navegación, los viajes de los vikingos a lo que sería América varios siglos antes que Zheng He y Colón, los primeros viajes de circunnavegación por portugueses e ingleses, la clasificación de embarcaciones y los sistemas de navegación. Pero hay un tema que pudiera ser más consultado que éstos, por el morbo que aún provoca todo lo relacionado con el dictador Trujillo y sus tropelías: el Yate Angelita.

MR Ese yate, construido en 1931 y adquirido por Trujillo en 1955, era muy usado por su hijo Ramfis para realizar fiestas desenfrenadas con actrices famosas y su grupo de camaradas conocido como La Cofradía. Es una embarcación lujosa, de 26 habitaciones, con manecillas, ducha y barandas en oro, y decoración en alabastro y mármol. En el Angelita se llevaron el cadáver de Trujillo y una gran cantidad de dólares con destino a Cannes, Francia, pero cuando la embarcación pasaba por las islas Azores, fue devuelta hacia República Dominicana.

Miguel Reyes señala que el Yate Angelita fue vendido en 1966 por el presidente Balaguer por la suma de 24 millones de dólares, dinero que se usó en la construcción de dos acueductos en Monte Cristi. El yate, ahora nombrado Sea Cloud, es utilizado con fines turísticos en el Mediterráneo.

LMG No puedo terminar la entrevista sin dejar de preguntarte, por razones evidentes, sobre el origen de la yola, ¿cuál fue su bisabuela?

MR La canoa, pero contrario a ésta, la yola no tiene quilla y por eso es tan peligrosa para viajes en mar revuelto.

Salvo para travesías literarias, diría yo, aunque en estos mares es inevitable, de vez en cuando, algún naufragio.

El autor es periodista y escritor
Entrevista en video disponible en www.youtube.com/yolayelou y 
http://vimeo.com/38527498