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lunes, 26 de enero de 2015

Duarte y dos poemas reveladores

                                   Por Luis Martin Gómez

Entrada a Achaguas, Apure, Venezuela

(Fotografias de Luis Jorge Gómez)

La poesia, esa desquiciada, es la que hasta el  momento revela con más fuerza la presencia del Padre de la Patria dominicana, Juan Pablo Duarte, en Apure, Venezuela.  La poesia de Duarte y no los documentos legales y eclesiales sobre él que fueron rastreados infructuosamente por el historiador dominicano Roberto Marte, enviado en 1985 a Venezuela por el Banco Central de la República Dominicana para investigar más a fondo la vida del Patricio en en ese país, misión en la que recibió la ayuda del periodista venezolano Luis Cordero, Relacionista Público del Banco Central de Venezuela en ese entonces, y de Argenis Méndez Echenique, historiador venezolano y actual cronista de Apure.

Uno de los poemas que sitúa a Duarte en el inmenso llano del suroeste venezolano es “Súplica”, el único amoroso rescatado hasta ahora de la dispersa poesia duartiana,  y que, según el historiador dominicano Pedro Troncoso Sánchez, en su biografia novelada “Vida de Juan Pablo Duarte” (1), habría sido inspirado “por una beldad apureña que fue capaz de apartarlo un tanto de su monacal comportamiento”. Duarte escribió:

“Si amorosos me vieran tus ojos

acabarían mis penas en bien
pues quitaras así de mi sien

la corona que ciñe de abrojos.

Y a mi pecho volvieras la calma
que otro tiempo gozó placentero
y hoy le niega el destino severo
insensible a las penas del alma...” (Fragmento)

El otro poema es una elegia que Juan Pablo Duarte leyó en las honras fúnebres a Marcelino Muñoz, hombre notable de Achaguas y gran amigo y protector del Patricio durante los casi diez años que se estima vivió en ese municipio de Apure. Duarte leyó:

“Dígalo, ay!, sino la augusta sombra
que ya la tumba para siempre esconde
de aquel que en vano nuestros labios nombra
de a quien llamamos y que no responde.

De honor dechado y de virtud modelo
llamóle suyo aquese mundo impío
y el cielo dijo, sin piedad, sin duelo,
con voz tremenda “Marcelino es mío”.

Y oyó aquel fallo, y sin gemir doliente,
con faz tranquila, religioso y pío
adiós nos dijo con serena frente
aquel que fuera del Apure el brío…” (Fragmento)

Busto de Duarte en Achaguas
Ambos poemas permiten situar a Duarte en el Apure, o más bien, confirman lo dictado por él mismo a su hermana Rosa para sus fundamentales “Apuntes...” (2): “Por gratitud a él (Padre Juan Bautista Sangenis) me avecindé en el Apure”. La elegía, sin embargo, es prueba más contundente de la presencia de Duarte en Achaguas, pues figura en el folleto “Honores póstumos del Señor Marcelino Muñoz”, editado en 1856 y considerado el primer impreso de Apure. Argenis Méndez Echenique lo descubrió en la Biblioteca Nacional de Venezuela y lo incorporó integro, en formato facsimilar, en su obra “Aportes a una bibliografía sobre el Estado Apure” (3).
Estudiante de Achaguas
El otro poema, “Súplica”, es menos probatorio de los pasos del Patricio por el Apure y podría tratarse de una inferencia de Troncoso Sánchez en esa “interpretación viva del pasado”, al decir de Pedro Henriquez Ureña, que es su “Vida de Juan Pablo Duarte”.  Ciertamente, el poema, en el que Duarte promete amor a una mujer que se le muestra indiferente y manifiesta su esperanza en que su correspondencia le ayudará a sobrellevar la carga de sufrimiento que el destino le ha impuesto, no parece haber sido escrito en Santo Domingo, donde el Padre de la Patria apenas tuvo tiempo de disfrutar los logros de su labor revolucionaria; pero sí pudo haber sido compuesto en cualquier otro lugar de su extenso peregrinaje de 30 años, luego de su condena a muerte y destierro a perpetuidad de la patria que acababa de fundar, que lo llevó por Hamburgo, Saint Thomas, Caracas y los poblados a orillas del Orinoco y Río Negro en la amazonia venezolana. De manera que la mujer de sus desvelos  pudo ser tanto una apureña como una alemana, una caraqueña o una sancarleña (si finalmente es cierto que Duarte penetró hasta San Carlos de Río Negro, poblado fronterizo con Brasil y Colombia, hecho que pone en duda la antropóloga Cecilia Ayala, sobrina-tataranieta de Juan Pablo Duarte, en su ensayo “Duarte y la leyenda de San Carlos de Río Negro” (4).

Lo que no encontró Roberto Marte en los archivos públicos y eclesiales de San Fernando, San Juan de Payara, el Paso Arauca, Achaguas y sus alrededores (5); lo que imaginó Troncoso Sánchez en su recreación de la vida de Duarte; el vacío “inhistórico” creado por la parquedad del testimonio del mismo Duarte, y la destrucción por el fuego de sus apuntes de viaje; lo reveló, de manera insospechada, la poesía.

Río Matiyure, Achaguas
Parece que tenía que ser así. Esa planicie inconmensurable que son los llanos venezolanos, esa “tierra de más lejos que más nunca” (6) que retuvo por unos diez años a Duarte, en ocasiones sólo permite hablar a través de la literatura.

El autor es periodista y escritor



Referencias:
  1.  Pedro Troncoso Sánchez: Vida de Juan Pablo Duarte. Instituto Duartiano, Santo Domingo, 1980, segunda edición.
  2. Apuntes de Rosa Duarte: Archivo y versos de Juan Pablo Duarte. Secretaría de Estado de Educación, Santo Domingo, 1994, segunda edición.
  3. Argenis Méndez Echenique: Aportes a una bibliografía sobre el Estado de Apure. San Fernando de Apure, 1979.
  4. Cecilia Ayala Lafée: Juan Pablo Duarte en la Venezuela del siglo XIX: historia y leyenda. Colección Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 2014.
  5. Roberto Marte y Luis Cordero: Juan Pablo Duarte y la Venezuela de su época. Colección del Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, 1987.
  6. La palabra Apure sería una derivación de una voz indígena con ese significado, según Argenis Méndez Echenique. 
Fotografías:

  1. Entrada a Achaguas, municipio del Estado Apure, Venezuela, donde Juan Pablo Duarte habría vivido alrededor de diez años.
  2. Busto del Patricio dominicano Juan Pablo Duarte en el bulevar del municipio de Achaguas, Estado Apure, Venezuela.
  3. Estudiante en la Plaza Bolívar, Achaguas, Venezuela.
  4. Río Matiyure, Achaguas, Venezuela.

domingo, 30 de marzo de 2014

Tulio Cordero, hondero sideral

Por Luis Martin Gómez

Toda iba bien, o al menos eso creíamos. El mundo era mágico, misterioso; los galeones se caían por el horizonte, monstruos invencibles habitaban el océano, un eclipse podía disiparse con el grito de la tribu temerosa que lo observaba, el Sol y todo lo demás giraba en torno a una Tierra violenta, caprichosa, apenas habitada por un puñado de humanos que aprendieron a enterrar sus muertos y que sacrificaban a sus congéneres para complacer a dioses furibundos.

Era, entonces, la incertidumbre, grande, profunda, que complicaba la cotidianidad y producía un escozor intenso en ese ser atormentado que miraba absorto la noche. Los ritos ayudaron a suavizar el miedo, los mitos contribuyeron a represar la imaginación. No había aún criterio para calificar lo insólito; el mundo había surgido en una cueva y eso era suficiente, nadie ponía en duda que el hombre fue primero un muñeco de barro.

Luego, las religiones cambiaron un miedo por otro. Huimos de la sensación de la nada sólo para caer en el temor al castigo. Dioses protectores pero vengativos contuvieron el desenfreno pero apocaron la inventiva y el atrevimiento. La transacción arrojó siglos de tranquilidad pero también atrasos profundos como abismos. (Sumergirse en lo insondable no tiene mérito si es fruto de la ignorancia deliberada).

Pasaron siglos y siglos de deidades repetidas, plagiarias de nombres y poderes; de diluvios reiterados, de huidas libertarias, de cristos parecidos al que adoramos, nacidos de virgen y resucitados; fue largo, muy largo el tiempo necesario para domesticar el pensamiento, para condicionar los sentimientos, desde la mujer y el toro hasta el primer báculo vaticano; y fue brutal, terriblemente violento, el modo en que fue sofocada la primera rebelión de las ideas, el desencuentro entre el mito cuestionado y la razón que reclamaba espacio.

Y pasó el tiempo, lento, porque contrario a nosotros, el tiempo no tiene prisa. El esquema del mito se mantuvo inalterable hasta que en el siglo XVII Thomas Willis ubicó al alma en un sitio insospechado: el cerebro[1]. Todo es neuronas y reacción química, dijo Willis, y empezó la duda, o mejor dicho, sacó nuevamente la cabeza tantas veces golpeada por el canon. De hecho, lo estaba intentando desde hacía varios siglos. El nuevo hogar asignado por Willis a un ente hasta ese momento intemporal y omnipresente estuvo precedido por los viajes de descubrimiento y conquista que permitieron encontrar los límites de un mundo que se asumía infinito y brumoso;  por los descubrimientos estelares de Copérnico y Galileo que abrieron una ventana al espacio tenido como morada de ángeles; y por las propuestas de Descartes que estremecieron la escolástica y agrietaron las compuertas de lo sobrenatural.

Había nacido una nueva realidad, basada más en la razón que en la intuición, más en el método que en el azar, circunstancia que sin embargo no logró sepultar el misterio, que es, fue y será invencible. La paradoja se aprecia mejor en el arte: a mayor avance científico, mayor la reacción contestataria de la literatura (que caminó de la construcción lineal al monólogo interior y los planos paralelos), de las artes plásticas (que variaron de lo figurativo a la representación segmentada del romanticismo y después a la deconstrucción cubista), y de la música (que migró de la perfección matemática tan apropiada para ese portento arquitectónico que fueron las catedrales al caos armónico contemporáneo que a veces parece imitar el ruido que necesitamos para aturdirnos por tanta vaciedad).

Una anécdota confirma esta tozudez de lo maravilloso: en su paso frente al continente, durante uno de sus regresos a España, el Almirante, que acababa de inaugurar una nueva era en base al cálculo, la geografía, la astronomía y la historia, creyó que el Orinoco era uno de los ríos del Paraíso, ese lugar idílico que, según Santo Tomás, los topógrafos medievales no podían encontrar porque estaba convenientemente escondido entre montañas[2].

La poesía mística parece sobrevivir a esos avatares. Siendo el misterio, como hemos dicho, indestructible, permanecerá el cuestionamiento sobre el origen, el diálogo con lo inmutable, el testimonio del asombro. Puede ser salvaje, fruto de la intuición y la ignorancia,  o iluminado, apoyado en la hondura espiritual; puede ser consecuencia del éxtasis o fruto de un estado esquizofrénico; la esencia, no obstante, parece invariable, como si la pregunta fuera incontestable, o la respuesta nunca lograra satisfacer al demandante; como si el testimonio siempre estuviera por debajo de la capacidad para expresarlo, o faltaran las palabras adecuadas para describirlo.

Tulio Cordero está consciente de esas limitaciones. ¿Cómo describir el Absoluto si apenas contamos con unas partes? Es difícil llegar a destino si al mapa le faltan pedazos. Pudiera ser por azar, cierto, pero entonces la casualidad generará nuevas preguntas. La incertidumbre parece ser la sustancia nutricia de la mística. Con esa materia prima, Cordero levanta su edificio poético, que Bruno Rosario Candelier [3] considera fundamentalmente theopático, lo que se asume de primera intención por la condición de sacerdote del autor, y se confirma con la lectura de muchos de sus poemas, en los que el Creador no se menciona pero se insinúa con mayúscula o con referentes bíblicos.

Sin embargo, Cordero, que es filósofo y admirador evidente del pensamiento oriental, se permite otras miradas en las que se manifiesta una fuga del universo cristiano hacia formas diferentes de sentir e interpelar al Ser. Esta admiración también es palpable en la parte formal, caracterizada por el símil sencillo, la paradoja que contrapone conceptos que luego confluyen en una resolución moralizante o puramente  estética, la metáfora apenas trabajada, intencionalmente, como para que se note el trazo en el lienzo o el golpe en la madera, mostrando la belleza del proceso de trabajo, a la manera budista o hinduista.

Aparte estas fronteras ideológicas y formales, necesarias para poder ubicarla en un género, la poesía de Tulio Cordero rompe los moldes y se derrama a cualquier lado gracias principalmente a su gran calidad, el mejor criterio para evaluar una obra literaria. El extrañamiento, naturalmente, lo ayuda, pero esa facultad de despegarse de la realidad, esa fuga momentánea para explorar las cosas con sentidos inéditos, no debe ser la principal tabla de medida  para evaluar esta poesía, porque no es un don privilegiado de los poetas místicos. (Recordemos el caso del esquimal caribú referido por Joseph Campbell en su obra Los mitos, que luego de un tiempo en soledad y ayuno, sintió a Sila, un espíritu bueno con forma de mujer, que le aconsejó “no tener miedo al universo”).

Para hacer poesía mística de calidad es obvio que hay que ser, ante todo, buen poeta, requisito que Cordero ha sobre cumplido en sus cinco poemarios, con una  altura literaria que puede ser disfrutada por cualquier lector, tanto por el que organiza su vida alrededor de la Fe, como por aquel que sólo busca complacerse con el hecho estético a través de la palabra.

De todas formas, Tulio Cordero, como todos los poetas místicos, es una rareza. Lo habría sido en el siglo XVI cuando Magallanes achicó el ámbito del misterio, y lo es ahora en el siglo XXI, cuando la ciencia y la tecnología nos acercan al primer polvo estelar. Porque, ¿no es entrañablemente el mismo hombre aquel que a la vera de la caverna observaba sin entender el cielo constelado y éste que trata de llegar al confín del universo mirando por el visor del telescopio de Atacama, curiosamente bautizado ALMA?).

Este es el tiempo de las repeticiones, de la copia. Todo es vertiginoso, inconstante. Aquella vez, el espíritu no podía viajar libremente o tenía un trayecto predeterminado. Ahora, sencillamente, no tiene camino; no viaja, se transmuta; no avanza, se dispersa. En esta cosa informe que luego entenderemos, Tulio se aparta en un recodo para ver las cosas con otros ojos, para escucharlas con otros oídos, para sentirlas con otra piel, saborearlas con otra lengua. No pesca por no usar anzuelo, un artilugio que le resta emoción a la espera. Tampoco dispara con un arma, la mira ajustable echa a perder el azar del disparo. Prefiere una honda, cuyo efecto es impreciso: puede golpear al gigante en la frente o simplemente rozarle y caer, como cae la piedra de una pedrada fallida, deleite del intento y la derrota.

Hondero sideral, Tulio Cordero hondea hacia un sitio que no podemos definir; pudiera ser al inmutable o bien al pedazo de cielo con las primeras ondas del Big Bang, es decir, a un halo sobrenatural o a un puñado de protones. Pero también es posible que nos hable de aquello que sintió ese hombre desnudo y tembloroso que buscaba explicación a la aurora y al crepúsculo; de aquel miedo, aquella maravilla, aquel asombro, aquella incertidumbre que no cesa, que no cesará.




[1] Eduardo Punset: El alma está en el cerebro, Punto de lectura, Madrid, 2007.
[2] Joseph Campbell: Los mitos, Kairos, Barcelona, cuarta edición, 2001
[3] Bruno Rosario Candelier: El vínculo entrañable, Secretaria de Estado de Cultura, Santo Domingo, 2008

sábado, 17 de agosto de 2013

Carlos Roberto Gómez: “Olvidé que soy esencialmente poeta”

Poeta, editor de Isla Negra, autor de Mapa al corazón del hombre



Por Luis Martin Gómez

Carlos Roberto Gómez echó la infancia entre Rio Piedras, Puerto Rico, y El Seibo, República Dominicana. “Allá era el dominicanito y aquí el boricua”. Nació en República Dominicana y a los cinco años de edad su familia lo llevó a vivir a Puerto Rico, donde su madre, abogada, cursaría una maestría en sociología con una beca concedida por la Organización de Estados Americanos OEA. “Dos meses al año, durante el verano escolar, volvía al Seibo a montear, bañarme en el rio, cazar con tirapiedras”.

La dualidad dominico-puertorriqueña lo confundió por un tiempo hasta que en la adolescencia logró conciliarla a través del concepto de lo antillano, ese que han ido alimentado miles de personas de las islas y que potenciaron personajes ilustres como José Martí, Eugenio María de Hostos y Juan Bosch. Ahora, Carlos Roberto se toma en serio este amplio ámbito que incluye islas, un mar y canales que a veces nos unen y otras nos separan, y cierra muchos de los libros que edita con un colofón que contiene el archipiélago: “Este libro se diseñó en San Juan, Puerto Rico; se corrigió en La Habana, Cuba; y se imprimió en Santo Domingo, República Dominicana”. Isla Negra, su editorial con más de veinte años y contando, tiene vocación antillana y busca tender puentes de cultura entre las islas.

LMG ¿No peligra la editorial con la tendencia creciente de las autoediciones?

CRG Es que Isla Negra es hija de las autoediciones, nació con mi primer libro, que edité yo mismo, al igual que hizo la mayoría de los escritores de mi generación. Por eso reconozco el valor de la auto-publicación, pero también estoy consciente de que para un autor es más conveniente delegar todo el trabajo de editar, publicar y distribuir un libro, a un editor profesional, porque no le va igual a un libro solo, huérfano, que a otro que tiene cuarenta o cincuenta hermanos atrás empujándolo.

A pesar de ser, como el mismo se define, un “editor medieval”, Carlos Roberto confiesa su fascinación por el libro digital, en cuanto elimina muchos de los problemas que debe sufrir el editor tradicional, tales como el formato, la calidad de papel, la calibración de los colores, la distribución y venta de los ejemplares. “En el mundo digital no existen los errores, o casi no existen, porque cualquier defecto se puede corregir prácticamente de inmediato, una tonalidad, una palabra… No hay que bregar ni con distribuidor ni con el impresor, lo que tú subes en pdf es lo que se va a leer. Entonces, la edición digital nos quita la mayoría de los dolores de cabeza propios del mundo de papel, pero también nos quita el olor del libro, de la tinta, la magia de la textura del papel, la perfección del corte, la belleza de la cubierta”.

“Una de las cosas que me motivó a fundar Editorial Isla Negra fue lo poco que se conoce la literatura puertorriqueña aquí y la dominicana allá. Lamentablemente, creo que se conoce menos la dominicana allá”.

Como editor ducho, está seguro que ni esta generación ni la siguiente verán la muerte del libro en papel y apuesta a una coexistencia de los dos formatos, el tradicional y el digital.  “Todavía el libro digital tiene una dificultad: la seguridad; es muy complicada y costosa, no es lo mismo asumir el costo de  seguridad para unos pocos libros de un editor independiente  que dividir ese costo entre cien mil libros, a la manera de Amazon o de otra cualquier otra distribuidora multinacional”.

Un largo silencio

Tanto se metió Carlos Roberto Gómez en su editorial Isla Negra, tanto empeño le puso para que fuera, como en efecto es, una de las mejores editoriales del Caribe, que se olvidó de su propia obra. Escribió cuatro poemarios y ganó un premio nacional de poesía en Puerto Rico, y luego, se quedó mudo.

CRG Hice un ejercicio que yo mismo he bautizado como “la posposición del ego”, pero parece que eché el ego demasiado hacia atrás, o como a “la loca del ático”, la mandé para arriba y se quedo allí por casi 20 años. En todo ese tiempo no escribí nada, ni un poema; me dediqué tanto a diseñar, corregir, ilustrar, distribuir, ir a ferias del libro…, que se me olvidó que yo era esencialmente un poeta.

“En República Dominicana, más que impresores, que los hay excelentes, necesitamos editores profesionales, en el mejor sentido de esta profesión”.

Tras veinte años de silencio, Carlos Roberto habla de nuevo con Mapa al corazón del hombre, un poemario que es a un tiempo erotismo, religiosidad, metafísica, diario personal y crónica de viaje.

CRG El libro es un mapa pero no para llegar a un lugar específico, a un lugar físico, sino a un concepto. Todas las culturas nos hemos planteado dónde está el corazón, si a la derecha, a la izquierda, si en el estómago o entre las piernas. Yo soy un poeta lírico, pero no en el sentido tradicional, sino en uno que piensa que la emoción amatoria es la suma de todas las emociones. Por eso está la experiencia religiosa, metafísica, familiar, la del viaje, de los gustos, las lecturas, la música, las películas… Hay un poema que es un homenaje a Cinema Paradiso, otro que se refiere a mi niñez en el Seibo y en Puerto Rico; pero el libro tiene unos pequeños artefactos que coloqué estratégicamente para despertar varias emociones.

Carlos Roberto se refiere a las dos cubiertas del libro, a los colores de la tipografía, y sobre todo, a un elemento que quizás sea una novedad en el mundo editorial: un glosario de afectos. “No me gustan las dedicatorias porque dificultan la lectura, pero resulta que cuando terminé el libro tenía como 15 dedicatorias, a mujeres, amigos, a mi madre, mi hija… Entonces decidí sacarlas de los poemas y hacer un glosario aparte, para no amarrar el poema a lo autobiográfico, para que el lector pudiera disfrutar del poema sin referencias ajenas al texto”.

LMG Editor y poeta, ¿quién crees que ganará la batalla?

CRG Me he hecho muchas veces esa pregunta y voy a complicarla un poco más: poeta, editor o profesor universitario, que es otra pasión que también me arropa. Ahora, si tú me pidieras que seleccionara una de las tres, yo te diría que prefiero que me recuerden como poeta. Es lo que quiero ser y creo que he logrado que el editor y el profesor universitario sean un poco más poetas.

El autor es periodista y escritor
Video de la entrevista en www.youtube.com/yolayelou

sábado, 19 de noviembre de 2011

Taty Hernández: “Construiremos la casa de la creación”

Poeta, gestora cultural, organizadora del Festival de Poesía de la Montaña

Por Luis Martin Gómez

 
Cada año, desde 2002, la poesía conquista las montañas de Jarabacoa. Temprano de un viernes empiezan a llegar los poetas, con mochilas que cargan más libros que ropa, y no reparan en la modestia de la habitación que les han conseguido a fuerza de colecta, interesándose más en la potencia del equipo de sonido. Quieren ser oídos, y deberán escuchar, aunque en desigual proporción.

Ya no escandalizan sus peinados ni las camisetas que exhiben mensajes cifrados, pero de todas formas es difícil concentrarse en aquel ambiente donde un poema debe competir con el canto de una cigua y una charla se desvanece tras el rumor del agua que llega desde una cañada cercana. A veces una nube se acuesta en el salón de actos y entonces la poesía pierde su sentido porque los espectros que se mueven en la bruma, la flor que se insinúa, la montaña que se adivina, los pinos que levitan, se convierten en un hecho poético más poderoso que los versos que alguien murmura desde un lugar incierto.

La propiciadora de este encanto es Taty Hernández, poeta, maga, guardabosques de un patio de cayenas y organizadora del Festival de Poesía de la Montaña.

TH La idea surgió durante una conversación que tuve con la poeta Carmen Comprés, en el marco de la tertulia que realizaba la galería de arte Olimpo, en Jarabacoa. La primera versión del festival reunió a treinta poetas, y aquello que comenzó como un encuentro de amigos para compartir poemas y experiencias, se ha convertido en uno de los encuentros literarios más esperados del año, en el que confluyen numerosos autores de distintas nacionalidades, generaciones y estilos.

Fruto del consistente trabajo de Taty Hernández y de un entusiasta grupo de colaboradores, el Festival de Poesía de la Montaña es ya una marca que ha contribuido a que Jarabacoa sea un referente literario del país y algo más que fresas, flores y turismo ocasional. Lo avalan voces poéticas del calibre de Mateo Morrison, José Mármol, Tony Raful, Chiqui Vicioso, Plinio Chahín, Basilio Belliard, Angela Hernández, Federico Jovine Bermúdez, a las que se suman las de jóvenes talentos que andan tras el sueño que su vocación, esa tirana, les ha impuesto. El Festival, como me contó Taty que le dijo un amigo poeta, se puso pantalones largos, está maduro y se encamina hacia una etapa de consolidación. “El próximo paso será conseguir un espacio propio donde construiremos la casa de la creación, que será la sede del festival”, dice.

Antología del festival

Luego de nueve ediciones, se puede pasar revista a los momentos culminantes del Festival de Poesía de la Montaña, pero Taty Hernández, en lugar de hitos, prefiere hablar de lo que ella denomina “satisfacciones” del festival. “Emociona, por ejemplo, ver a un Mateo Morrison, premio nacional de literatura, ponerse en pie, entusiasmado, luego de escuchar los poemas de un joven desconocido; o encontrar a un José Mármol dando consejos a los nuevos poetas; o toparse con Chiqui Vicioso conduciendo un taller de poesía”.

El festival tiene frutos tangibles, como el taller literario de jóvenes, que funciona en la comunidad de Buena Vista, de donde es originaria la poeta Angela Hernández, y el círculo literario de la montaña, integrado por escritores adultos y que funciona en la ciudad de Jarabacoa. Taty revela que está preparando lo que sería la primera antología de los trabajos presentados durante las nueve versiones del festival y un audiovisual que recogerá toda su historia.

LMG ¿Qué ha distinguido esta novena versión?

TH Este año invitamos a un grupo de niñas extraordinarias del proyecto Mi barrio en letras, que coordina la Fundación Literaria Aníbal Montaño, de San Cristóbal, las cuales visitaron escuelas y colegios de Jarabacoa para motivar a los niños de aquí a interesarse por la literatura; e hicimos dos reconocimientos, uno al poeta Mateo Morrison, por su trayectoria pero también por su apoyo sostenido y desinteresado al festival; y otro a la Escuelas Radiofónicas de Radio Santa María, por sus 40 años de docencia en beneficio de miles de dominicanos y por ser ente difusor de la décima como expresión literaria popular.

Además de ser la excelente y obstinada organizadora del Festival de Poesía de la Montaña, que de tanto asociarse a ella empieza a confundirse con su nombre (“el festival de Taty”), Taty Hernández es poeta con una obra publicada, Temblor de la espera, y difunde sus trabajos a través de su blog Desde la maga, en el que encontramos un poema que quizás reúna las dos pasiones de la autora, la poesía y la naturaleza generosa de su terruño: Madre nuestra el agua que palpitas/en el seno de mis montañas/santifícanos como savia de vida/y mantente eterna en este paraíso/que es tu reino…

“Ahora estoy trabajando un pequeño libro de micro-ficción, con toques poéticos, por supuesto, y tengo otro libro de poesía en proceso; entre un festival y otro, me dedicaré a tiempo completo a terminar esas obras”.

Es domingo y el festival ha terminado. Tres días para poetizar son suficientes. No se necesitan más, según las escrituras, para que ocurra el milagro. Además, el mundo sufre demasiada pobreza, demasiada soledad, demasiada violencia, para que nos demos el lujo de un cuarto día de poesía. Intentarlo sería una indolencia, y los poetas podrán no ser muy cuerdos, pero insensibles, nunca. Más despeinados que cuando arribaron, recargan sus mochilas, en las que además de libros y ropas, han metido flores, fresas y unas piedras de río con formas estelares, y se marchan riendo y cantando. Parece que nada ha cambiado pero sí. Otro es el corazón de los que escucharon, otra, el alma de los que hablaron, otros los ojos que vieron fundirse verso y verdor, palabra y viento.

El autor es periodista y escritor

viernes, 4 de noviembre de 2011

Yanela Hernández: “Tengo el compromiso de poner mi voz al servicio de la poesía”

Actriz, locutora, productora de radio y televisión, autora del libro-cedé Poesía Esencial Dominicana


Por Luis Martin Gómez

Yanela Hernández es optimista sin remedio y una muestra de su confianza desmedida es su apuesta a dos cosas que cada vez tienen menos seguidores: la poesía y la declamación. “Por eso insisto”, explica, “porque quiero ganar un público nuevo para estas dos artes”.

Tamaña tarea se ha impuesto pero no parece intimidada. Hace un aporte semanal a esta difícil empresa a través de su programa radial Voces a los cuatro vientos, en el que lee poemas de autores dominicanos y extranjeros; y ha publicado Poesía Esencial Dominicana, un libro-cedé que recoge trece poemas de igual número de poetas dominicanos de los siglos XIX y XX.

Antes, en 2009, con el auspicio del Ministerio de Cultura, había grabado tres cedés con una Antología de la Poesía Dominicana; y todavía antes (aunque no demasiado) era la niña avispada que los viernes de expresión artística en el colegio levantaba la mano con desenfado cuando la maestra preguntaba si alguien quería declamar algún poema. “Yo era la ‘afrentosa’ del grupo que se atrevía a declamar y desde entonces me gusta la poesía”.

LMG ¿Qué puede encontrar el lector en Poesía Esencial Dominicana?

YH Un cedé profesionalmente grabado y un libro bellamente editado con los poemas Ruinas, de Salomé Ureña de Henríquez, Gólgota Rosa, de Fabio Fiallo, A los héroes sin nombre, de Federico Bermúdez, Mi vaso verde, de Altagracia Saviñón, Poema de la hija reintegrada, de Domingo Moreno Jimenes, Yelidá, de Tomás Hernández Franco, Carta a compadre Mon, de Manuel del Cabral, Viejo negro del puerto, de Francisco Domínguez Charro, Paisaje con un merengue al fondo, de Franklin Mieses Burgos, Hay un país en el mundo, de Pedro Mir, Una mujer está sola, de Aída Cartagena Portalatín, Canto de amor a la ciudad herida, de Abelardo Vicioso y El viento frío, de René del Risco Bermúdez.

La selección fue hecha por la misma Yanela y por Guillermo Ricart Calventi, co-productor de Voces a los cuatro vientos, en base a los trabajos más emblemáticos de la poesía nacional. El libro, además de poemas y fotos de los autores, contiene comentarios de los intelectuales Odalís G. Pérez, Chiqui Vicioso, León David, Basilio Belliard, Bárbara Moreno, Plinio Chahín, Bruno Rosario Candelier, Manuel Rueda, Mateo Morrison, Angela Hernández, Ramón Tejeda y Tony Raful.

Poemas para leer y para escuchar

La novedad de Poesía Esencial Dominicana no descansa tanto en el libro impreso (se pueden encontrar estos trabajos en otras antologías) sino más en el cedé con los poemas declamados en los que Yanela ha volcado su larga experiencia como actriz y su gran talento como locutora, cualidades que le han valido cinco premios Micrófono de Oro y un premio Casandra. Sin embargo, la conjunción de texto y audio, ese abrazo entre palabra escrita y palabra hablada, da a este trabajo una singularidad en el mercado editorial dominicano como material de consulta y aprendizaje.

YH Siempre tuve la intención de que el trabajo tuviera un perfil didáctico, para que el estudiante de bachillerato, o el de literatura en la universidad, contara con un soporte para entender la poesía, y qué mejor manera de hacerlo que ofreciéndole la oportunidad de leerla y escucharla.

Al leer y declamar estos poemas (don Tiberio Castellanos, periodista y locutor, señala que hay diferencias entre una cosa y la otra), Yanela les da una dimensión nueva, los personaliza con su interpretación, abre una ruta estética para asimilar su ritmo, para disfrutar su cadencia. Igual a lo que hace el buen músico con la partitura, que reproduce con su instrumento los sonidos anotados en el papel pero añadiéndole el sentimiento de lo que él piensa quiso transmitir el compositor; el buen lector y el buen declamador de poemas, con las inflexiones de voz, las pausas, la velocidad, el tono, puede penetrar la esencia del poema, o bien enriquecerlo, descubriendo una sonoridad y un color ocultos que potencian la intención más íntima del poeta. En Poesía Esencial Dominicana, Yanela logra la sintonía perfecta entre el texto y la voz, entrando por mérito propio al prestigioso círculo de declamadores y lectores dominicanos de poesía, integrado, entre otros, por Julio Llibre, Héctor J. Díaz y Carlos Lebrón Saviñón. “Porque tengo el compromiso de poner mi voz, el instrumento que Dios me dio, al servicio de la poesía”.

De todas maneras, confiesa que aunque algunos poemas le salieron de primera intención, otros le dieron alguna dificultad.

YH Tuve que repetir muchas veces Ruinas, de Salomé Ureña, por el lenguaje propio de la época en que fue escrito. Pero me encantó declamar Yelidá, de Tomás Hernández Franco, al que acompañamos con música original de Víctor Taveras; me parece que en ese logré un buen enlace entre poesía, música y declamación. También me gustó el resultado de El viento frío, de René del Risco Bermúdez, un poema que es como un blues que habla de la nostalgia, los sueños perdidos, la ideología rota, el fin de la utopía…

LMG Eres muy versátil: locutora, actriz, productora de radio y televisión, y ahora antóloga, ¿qué no quisieras ser?

YH Una mala persona, eso no quisiera ser nunca, es mi reto diario, tratar de ser una buena persona, algo que cuesta mucho, pero me esfuerzo por ser solidaria con mis amigos y una buena madre para mis hijos.

Conversamos sobre este tema con Yanela Hernández mientras caminábamos por Calle Las Damas, donde queda el Panteón Nacional que guarda los restos de la poetisa Salome Ureña de Henríquez. No tuve que insistir mucho para que Yanela leyera Ruinas ante la tumba de Salomé. No sé si fue sugestión por la belleza de los versos o por la fuerza de la voz de Yanela que rebotaba en los muros centenarios del edificio, pero me pareció que la luz que se derramaba por los ventanales adquirió un brillo diferente y unas voces venidas de la nada demandaban al unísono: “lucha, insiste, tus títulos reclama: que el fuego de tu zona preste a tu genio su potente llama, y entre el aplauso que te dé la fama, vuelve a ceñirte la triunfal corona”.

El autor es periodista y escritor
Entrevista disponible en video en
www.youtube.com/yolayelou

viernes, 29 de julio de 2011

Fausto Leonardo Henríquez: “La mística es vivir lo cotidiano con apertura al misterio”

Luis Martin Gómez

Autor de siete poemarios, ganador del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo


“La característica más sobresaliente de la mística es el júbilo, el gozo, la alegría, la comunicación íntima con Dios”, asegura Fausto Leonardo Henríquez, y yo creo hacer encontrado entre sus escritos una prueba de esta certeza:

Me crece el flamboyán por dentro,
y la ciudad. Todo mayo me florece dentro.
Me crecen las calles que limpia el sol,
me crecen los árboles
lavados por la lluvia; me crece el verde
de las frondas y el aire
que zarandea la niñez…

Es un fragmento del poema Me crece el grito, de su más reciente libro, Arca de amasar diluvios, exquisito poemario presentado a cuatro manos por Juan Miguel Domínguez Prieto, Teonilda Madera, Bruno Rosario Candelier y José Acosta.

FLH Este libro contiene no sólo poesía mística sino que también aborda el sufrimiento humano, la muerte, la esperanza, vivencias que se amasan en el arca, que presento como el lugar de la poesía.

Así ve el autor su obra; los presentadores, por su parte, encuentran en ella otras cosas que el autor tal vez no contempló: un viaje al pasado del cual el poeta regresa cargado de nostalgias, un compromiso del autor con la estética interiorista de la que es compromisario, una pugna entre lo sacro y lo profano (hallazgo significativo tomando en cuenta que el poeta también es cura), “el más acá entrañado hasta las transfiguraciones”. Yo, que miro las cosas con ojos ignorantes, encuentro asombrado colores y olores que me conducen a mi niñez en aquel Ozama pre urbano donde tuve una laguna y un bosque antes que los bordes del barrio fueran tomados por el asfalto. Camino, con pantalones cortos y tenis Campeón, por los versos de Fausto, y me topo con el flamboyán florido del parque: “La ciudad se desangra por tus ramas/ ¿a qué se deben las heridas que te pueblan/ el cuerpo? Ríos de arterias/las llamas que arden/ en tu fronda”. O llego, junto con Armando, Santiago y Francisco, sudorosos y hediondos tras la carrera en la que “el que llegue de último es un burro”, hasta el charco sobre el que rebotan las hojas, el cielo y nuestros rostros azorados: “La única fuente que me salva/ es esta tina, boca de la peña, que aún mana/ en mi niñez”.

Arca de amasar diluvios, que incluye haikus (Instante de luz) y poemas sobre pinturas famosas (de Da Vinci, de Monet) sale primero que Gemidos del ciervo herido, poemario ganador de la XXIX edición del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo. El jurado del premio destacó que la obra de Fausto expresa, "con dominio y destreza literaria, la superación, la esperanza y el gozo de lo divino en lo humano, y de lo humano en lo divino".

FLH Este libro es el punto de llegada de un camino que comencé con mi primer libro, Claridades, de 1994, donde esbozaba mis inquietudes poéticas que luego definí mejor con La otra latitud, obra de 1999 que obtuvo una amplia acogida en el movimiento interiorista, porque era ya una propuesta consciente de esta estética.

Fausto Leonardo abunda sobre la temática de la mística y dice que en ella confluyen los sucesos de la vida diaria, la fortaleza de la fe y la vida de oración, potenciados por la alegría experimentada en grado sumo. “La mística es vivir lo cotidiano con apertura al misterio. Tiene que ver con el gozo, pero también, como dijera San Juan de la Cruz, es noche oscura, momentos de duda, de dolor, de prueba, de dificultades, momentos en que te sientes cansado, agobiado, cuando no ves una salida; pero todo eso produce un júbilo equivalente al amor que los esposos se expresan afectivamente, carnalmente, a través de la comunión sexual”.

En estos tiempos, hablar con un sacerdote provoca cuestionarlo sobre su papel en la sociedad actual, así que no desaproveché la oportunidad.

FLH El desarrollo material de los pueblos contribuye a que, en cierta medida, la gente se vaya desentendiendo de lo espiritual, y el sacerdote se ve afectado por esto. Pero entiendo que hay gente que está consciente del papel del sacerdote en la sociedad, porque así como hay buenos médicos, buenos periodistas, buenos abogados, hay sacerdotes que juegan un papel clave creando armonía, evangelizando, humanizando. Estoy convencido que el evangelio de Jesús es un medio excelente para que el mundo sea mejor, para crear sentimientos nobles en las personas.

LMG Has sobrellevado tu doble condición de sacerdote y poeta, pero si se te presentara una bifurcación en el camino, ¿cuál senda eligirías?

FLH Desde que yo era seminarista y estudiaba con los Paúles en el ensanche Ozama, venía experimentando la presión de las dos vocaciones, el sacerdocio y la literatura; en distintas épocas, he tenido momentos de contradicciones, situaciones tensas, porque por un lado me debo al sacerdocio, que es muy exigente, y por otro, en la parte más íntima, más personal, deseo cultivar la poesía. Ante esos momentos, he tenido que hablar con mis superiores, preguntarles qué hago, y ellos me han aconsejado: “Tú sigue adelante”. Pues eso he hecho y ahora sé que no traicionaría ninguna de las dos vocaciones.

El autor es periodista y escritor
Entrevista en video disponible en
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sábado, 16 de julio de 2011

José Mármol: “El compromiso del escritor debe ser con el lenguaje”

Por Luis Martin Gómez

Poeta y ensayista, representante sobresaliente de la generación del 80, creador de la poética del pensar

José Mármol es poeta y banquero, insólita combinación que representa uno de los insondables misterios del universo. ¿Cómo pueden convivir un verso metafísico y un certificado a plazo fijo? El, sin embargo, sabe conciliar esta antítesis gracias a su talento extraordinario, un sentido del honor caballeresco y una disciplina espartana. Para remate, sigue siendo el tipo buena gente e ingenuo capaz de aprobar préstamos a los poetas, a pesar de su bien ganada fama de malapagas y fulleros. También es tímido a morir, algo de lo que no lo ha librado el arte de las relaciones públicas que maneja con maestría, y por eso se sonroja al escuchar el piropo de que se le tiene como el poeta más sobresaliente de su generación.

LMG ¿Cómo sobrellevas la carga de ser la figura principal de los poetas de los 80?

JM Es un compromiso, aunque debo decirte que yo nunca pretendí llevar esa condición, y mucho menos presumir de ella. Lo que sucedió fue que estando en el taller literario César Vallejo, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, creado hace más de 30 años por el poeta Mateo Morrison, entendí que era necesario imprimirle algo distinto a la poesía dominicana, que en ese momento estaba fuertemente matizada por la concepción heredada de la generación del 48, la del 60 y la llamada poesía joven o de postguerra.

José señala que desde su primer libro, El ojo del arúspice, buscó deliberadamente crear una nueva órbita textual para mostrar que había otra forma de hacer poesía, diferente a la poética social, llena de disparos y con olor a pólvora, que se producía en los años setenta y principios de los ochenta. “Empecé a trabajar con los jóvenes del César Vallejo distintas concepciones de la poesía, a estudiar los manifiestos de los distintos movimientos poéticos universales, y eso fue abriendo el apetito a nuevas visiones de la poesía”.

El concepto “Poética del pensar”, creado por él, no fue, por tanto, fortuito, sino resultado de sus estudios de la poesía dominicana y universal, y de su propósito de romper con la poesía ideológica.

JM Creí que era necesario establecer esa diferenciación respecto a la forma de entender, concebir y ejercitar la poesía por parte de los integrantes del movimiento de postguerra o la nueva poesía. Para mi, ellos eran lo que Ortega y Gasset llama “la generación precedente decisiva”, con la cual hay que romper, si en verdad uno quiere poner una piedra de diferenciación, un punto de mira distinto, o al menos una mirada oblicua al fenómeno poético.

Lo esencial es el lenguaje

Mármol tuvo la valentía de desafiar el tono y tema de una poesía que no siempre logró mezclar bien reclamo social y calidad literaria, pero no para imponer otra moda condicionada por la coyuntura, sino para reivindicar lo que para él es la esencia de la literatura: el lenguaje.

JM Desde mi perspectiva, lo fundamental no es lo ideológico ni lo social, sino el lenguaje, las propiedades simbólicas de la lengua como sistema de símbolos y como significante mayor de todos los símbolos de una cultura. De ahí surge la Poética del pensar, del hecho poético en su propio proceso de gestación, del poema desde la creación del poema mismo, como una especie de metafísica del lenguaje.

LMG Pero esa poética comprometida solo con su misión estética, ¿no la haría aséptica, incapaz de transformar o modificar algo?

JM Yo creo que el arte, en cuanto es el resultado de esa facultad humana extraordinaria que es el lenguaje, es un ente social, es decir, no es un ente puro; la lengua es una entidad viva que se desarrolla, modifica, amplía, a la que le nacen y mueren términos. Sin embargo, no me parece que el contexto social sea determinante y reduzca el sentido y la capacidad de la obra poética. Sostengo que el arte tiene una condición esencial que es su naturaleza simbólica, resultado del lenguaje, que es a su vez, una entidad histórica y social. Luego, el compromiso histórico y social del escritor tiene que serlo con el lenguaje, porque es su esencia para trabajar. Como decía Julio Cortázar: “hacen falta los revolucionarios de la literatura, no los literatos de la revolución”.

Conversación en la yola

Aproveché la amabilidad de José Mármol para confesarle que robé a tinta armada, para usar descaradamente en uno de mis cuentos, un par de versos de su celebrado poema Esquicio del vuelo. Como lo esperaba, me indultó por el delito, pese a lo cual le recriminé por haberme dejado solo en los menesteres de la televisión cultural, al haber retirado del aire su excelente programa Conversación en la catedral.

LMG Mira que la catedral resiste hasta terremotos pero una yola como la mía puede zozobrar en cualquier momento.

JM Pues debo hacer una confesión, hacía tiempo que venía pensando en transformar Conversación en la catedral o dejarlo y abrir un compás de espera para replantearme el programa. Así que cuando vi la Yola yelou supe que podía cerrar el ciclo. Pero no renuncio a la idea de volver, aunque tendría que ser bajo otras condiciones de producción.

Ojalá no se tarde.

El autor es periodista y escritor

sábado, 2 de abril de 2011

Frank Báez: “La poesía sólo es poesía”

Por Luis Martin Gómez
Poeta y narrador, premio nacional de poesía por su obra Postales

Frank Báez tiene un aire de Pablo Neruda post moderno: Elefante manso de movimientos suaves y ojos bondadosos. Pero la semejanza es sólo física; en poesía difieren, pues Frank parece más cercano al estadounidense Walt Whitman o al dominicano Domingo Moreno Jimenes.

Poesía diferente la suya, que puede gustarnos o no pero jamás dejarnos indiferentes. Sus versos molestan, encantan, irritan, seducen, sustentados en una propuesta estética provocadora, y nutridos con signos cotidianos que conmueven por su transparencia y simplicidad.

El autor está consciente que sus poemas son como fogaraté que producen ronchas (al lector y la crítica) y lo admite en Autorretrato, trabajo que abre su poemario Postales, ganador del Premio Nacional de Poesía 2009.

LMG En ese texto todo el mundo te golpea, Frank, menos un policía, quien hace una reverencia cuando escucha tus poemas; ¿cómo lograste conciliar verso y macana?

FB Ese poema con el que me presento a los lectores, al estilo de las obras del siglo XIX, revela que el poeta recibe muchos atropellos, vejaciones que te llevan a cuestionar, bueno, si eso le sucede al poeta, qué no le pasará al libro; pero la intención del texto es transmitir que a pesar de los golpes, de los contratiempos, puedes seguir escribiendo poesía. Lo del policía es un recurso para dar a entender que la mía no es una poesía maldita sino una que cualquiera puede entender y disfrutar.

Frank Báez no tiene, como otros, pose de poeta, y no cree que el poeta sea un ser divino con características sobrenaturales; lo deja establecido en Damen, citando a John Keats al decir que “no hay nada menos poético que un poeta”.

FB Pienso que el poeta es sencillamente un medio, que el poeta no es la poesía, sino simplemente alguien que prepara la fiesta para que la disfruten otros. Es mi visión de la poesía, mi propuesta estética, pero también en ese trabajo planteo la función de la poesía en los tiempos modernos, hablo del papel del poeta en la actualidad, de lo que hay que hacer para que la poesía se lea. Estoy convencido de que al final la poesía sólo trata de la poesía.

Trasvestis, diyeis, surfistas

En la poesía de Frank Báez viven y mueren personajes no tradicionales que forman parte de lo que él llama mitología urbana: Trasvestis que transmutan en Marilyn Monroe, diyeis exaltados que rozan la divinidad, surfistas que escriben con olas poesía que luego el mar recita. En ocasiones, el poeta, demiurgo travieso, crea personajes y hasta un género musical, como la bachata metal.

FB Ese poema (Bachata metal) surge de un sueño y tiene una deuda evidente con el científico y político estadounidense Benjamín Franklin, inventor del pararrayos, pero también se explica porque yo tengo una banda musical que se llama El hombrecito en la que mezclamos poesía y música, por ejemplo, bachata con heavy metal, dos ritmos sin relación aparente.

“…y el bachatero se movía en la tarima con su guitarra que le había bendecido/ un brujo de Bonao y el público gozaba y aplaudía/ y tarareaba las canciones hasta que del cielo rodó un rayo/ que le dio de lleno al bachatero y su guitarra y los prendió/ como un arbolito de Navidad/ Y así, hijos míos, fue que se inventó/ la Bachata Metal”.

LMG Llama la atención que el trasvesti que se desdobla en la malograda actriz Marilyn Monroe, en el poema Marilyn Monroe en Santo Domingo, aconseja al lector hacerse la prueba del VIH, con lo que das una función social al poema, adicional a su natural propósito estético del que hablabas.

FB El mensaje es como un (spot) comercial que tiene el poema, a mi me gusta mucho eso; sobre lo del sida, hay varias referencias en el poemario a esa plaga de esta época que se ha llevado a muchos artistas importantes, como el poeta costarricense Felipe Granados, quien presentó en Costa Rica la primera edición de mi poemario Postales.

Whitman, Mir, Del Cabral

Frank Báez no puede ocultar sus influencias ni busca hacerlo. Whitman brota aquí o allá como verdolaga, incluso metido en la cartera de la Marilyn Monroe dominicana.

LMG ¿Homenaje o deuda?

FB Ambas cosas. A Whitman, poeta de la democracia, la poesía latinoamericana le debe muchísimo; de Whitman sale Borges, por un lado, que es la versión intelectual, y por otro, Neruda, que es el lado sensual. Pero también es un homenaje a los poetas dominicanos que considero “whitmanianos”, como Manuel Rueda, Pedro Mir y Manuel del Cabral.

Con esa patente de corso expedida por sus maestros tutelares anda este poeta que vive una realidad distinta a la de las luchas ideológicas y no siente nostalgia del aquel mundo que no conoció pero al que tal vez reinterpreta, sin saberlo, porque las carencias vuelven como las estaciones y el abuso fijó residencia en estas tierras que ya han olvidado soñar.

Escribe como entiende le toca hacerlo y eso es valentía, cualidad escasa en los tiempos que corren. Y se ha sobrepuesto con honor a las insinuaciones maliciosas sobre la validez de su premio. Tiene a su favor la paciencia de quien todavía espera que toque suelo la pelota que lanzó una vez mientras jugaba en el parque de su barrio.

El autor es periodista y escritor
Entrevista en video disponible en
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